Voces del Periodista Diario
Abraham García Opinión

La crisis lo confirma: Sin maíz no hay país

Sinfonía Telúrica

Por Abraham García Ibarra

Como complemento del menú: El chile, el tomate y la cebolla -el pico de gallo, referencia inflacionaria del Banco de México. En época no lejana, un slogan bancario aseguraba: El campo también es nuestro campo. Qué tiempos aquellos.

En México, a fuerza de limitado poder adquisitivo y de cultura alimentaria, las encuestas encontraban el más alto porcentaje de vegetarianos entre la población nativa. La variante snob nos habla ahora de los veganos.

La empresa Nielsen, en sondeo de 2016 colocó a México como el primer país vegano de América Latina. El Gabinete de Comunicación Estratégica, estableció que 36 por ciento de esos consumidores se abstiene de carne, “por respeto a los animales”. Aparece una variante en esas investigaciones de mercado: Los flexiterianos, que limitan su consumo de carnes rojas.

A la mayoría no le alcanza ni para adquirir la canasta básica

En el caso de la población indígena –16 millones de compatriotas– se combinan dos factores: 1) La prehispánica cultura culinaria, y 2) La pobreza, que no alcanza ni para adquirir la canasta alimentaria básica. El fenómeno se reproduce en las zonas suburbanas de las grandes metrópolis mexicanas.

En las zonas urbanas, con gran densidad de clase media y alta menor de 40 años, la dieta vegetariana se convirtió en gran moda, ampliada ahora con el veganismo. Esos segmentos asumen razones de salud y su capacidad económica para financiarla, dado el precio de los productos orgánicos, que incluyen productos avícolas y lácteos.

Hasta la década de los setenta, el ejido y la comunidad rural le dieron soporte productivo a la suficiencia para cubrir el mercado nacional de consumo agropecuario.

La contrarreforma agraria y el Tratado de Libre Comercio

Después de la contrarreforma agraria de 1992-1993 y la apertura del mercado interno en 1994 a la importación de esas mercaderías, en los exhibidores de las grandes tiendas de autoservicio está la oferta de cereales, frutas, legumbres y hortalizas traídas desde el extranjero: De los Estados Unidos (que incluye maíz amarillo, para la engorda de ganado y aves; aquí para el consumo humano), Europa y países asiáticos, que ya compiten incluso en el suministros de chiles y algunas variedades de frijol y arroz.

La cuestión, es que esos productos alimenticios se importan a valor de dólar o euro, cuyo tipo de cambio se ha disparado en estas semanas a entre 25 y 28 pesos por unidad. Lo dice el clásico, no hay moneda más cara que aquella de la que se carece. Y vaya que del dólar se carece y se encarece. Oportunidades como la actual, son ganga para los sacadólares. Habría que pulsar los movimientos de la Balanza de Pagos.

Una vieja consigna se actualiza: La imaginación al poder

La relatoría anterior nos remite a la siguiente interrogante: ¿Hay, en el gabinete responsable de la Agricultura y Pesca, y del Desarrollo Rural inteligencia a la que se le encienda las meninges, no para improvisar respuestas reactivas, sino para revisar radicalmente la política de Estado hacia el campo?

No es, el actual,  un asunto de contingencia: Fuentes como la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la alimentación FAO) le dan seguimiento a alucinantes proyectos emprendidos desde principios de siglo por los grandes e inescrupulosos especuladores de mercados a futuro que, en el helado norte de Europa, están construyendo enormes bóvedas y laboratorios para el almacenamiento y la reproducción de semillas, cuyo control queda en manos de las potencias industrializadas.

En México, nuestros silos apenas tienen inventarios para cubrir la demanda alimentaria imprescindible a un plazo perentorio de unos 100 días. Repetimos una consigna que escuchamos en el crítico 1968: ¡La imaginación al poder! Es cuanto.

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