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La nena que lucha por sobrevivir, entre los escombros

Articulista invitada

Por Guadalupe Santa Cruz de la Mora

A las 13 hora con 14 minutos de este 19 de septiembre, justo al cumplirse un año más -el 32- del terremoto de la misma fecha, pero de 1985, se nos vino encima, otra vez, la naturaleza.

Y fue, poco después, que escuchamos que habían descubierto las ruinas de un edificio, donde había 50 niños, en un kínder.

Las brigadas de auxilio compuestas, inicialmente por civiles que se organizaron entre ellos mismos, acometieron la tarea de rescatar a los sobrevivientes que hubiera.

Empezaron a llegar voluntarios para quitar los escombros y despejar el camino a las probables víctimas, ya que se decía que eran no menos de 50 personas las que habían quedado atrapadas en el edificio del Colegio Rébsamen, en donde funcionaban desde preescolar hasta bachillerato.

Ignoramos si la alarma sonó a las 13:14 de la tarde. Nosotros, por nuestra parte, no escuchamos nada. Nos dimos cuenta de la tragedia tres horas después de que había terminado un simulacro conmemorativo de aquel 1985, cuando era Presidente Miguel de la Madrid Hurtado, un perfecto inútil, que no hizo absolutamente nada para defender las vidas de los habitantes de la Ciudad de México. Supimos de mil cosas mal hechas. Pero centrémonos en el motivo de estas líneas.

Hubo júbilo entre los rescatistas improvisados porque, después de sacar a tres niños muertos, se dio la alegría de comprobar que había entre aquella masa de tierra y piedras, una niña viva.

Como si se hubieran puesto de acuerdo, las fuerzas federales se incorporaron por aquello de las 6 de la tarde y el foco de atención, en esta castigada ciudad, se volvió el terreno del Colegio Enrique Rébsamen. 

Por orden expresa del almirante secretario de Marina, Vidal Francisco Soberón Sánz, la operación quedó a cargo del Oficial Mayor de esta dependencia, almirante José Luis Vergara.

Los vecinos, la gente, por su parte, llevaron al sitio del desastre, desde que supieron lo que había pasado, agua, comida, medicamentos, artículos de uso personal y cuanto pudieron, para los rescatistas y personas que ayudaban afuera del edificio desplomado, que tenía seis pisos y estaba en un terreno más o menos, de 500 a mil metros cuadrados.

Alguien escuchó ruido dentro de las ruinas e investigó, hasta comprobar que se trataba de un ser vivo, una nena, metida debajo de un escritorio de donde ya no pudo salir y, entonces, los esfuerzos se concentraron en salvarla. 

Empresarios de la construcción llevaron maquinaria pesada, enormes grúas y tractores, para remover los escombros, pero, la voz al mando ordenó “Alto”. Esa maquinaria podría lastimar a la pequeña que no se sabía exactamente en qué lugar se había guarecido.

Entonces se armó una cadena de cubetas que se llenaban de piedras e iban pasando de brazo en brazo, hasta el sitio en que eran volcadas. La batalla continuó por varias horas. Llegaron “topos”. Entraron por el agujero de acceso y no lograron localizarla.

Luego vinieron binomios caninos, con los que tampoco se pudo hacer nada. Y los trabajos se suspendían cada que se oía un pequeño ruido que provenía de la víctima.

Finalmente, se logró ubicarla y pasarle agua a través de una manguera. A la hora de entregar esta colaboración, las tareas de rescate continúan.

La prensa tomó mucho interés en el caso de esta pequeña y fue objeto de largas horas de trabajo, de reporteros, redactores, camarógrafos y gente que se dedica a difundir los sucesos capitalinos.

Deseamos, con toda el alma, que esta nena -de al parecer 6 años- encuentre en la ayuda y la solidaridad impresionante que ha vivido la Ciudad de México, encuentre -decíamos- la vida y la libertad.

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