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Las deformaciones del activismo feminista

La Piedra en el Zapato

Por Abraham García Ibarra

Hace poco más de dos décadas, en el Palacio Legislativo de San Lázaro, de la Ciudad de México, atestiguamos el activismo de diputadas, principalmente del PRI, pugnando por la creación de la Comisión Especial de Equidad entre Géneros.

La primera presidencia de esa comisión fue colegiada entre mujeres. En dos periodos legislativos, el dato que recordamos es que en dicho órgano no se admitían diputados. Era una especie de Club de la pequeña Lulú.

La inolvidable Benita Galeana Lacunza

Desde ese cuadrante, arrancamos: Tuvimos oportunidad, en la década de los ochenta, se reportear algunos eventos político-culturales en la Delegación Coyoacán, ahora alcaldía.

En uno de esos eventos departieron, con proverbial y sobrado buen humor, el enorme luchador social Valentín Campa y el poeta Juan de la Cabada, hombres que en diferentes periodos fueron vestidos de cebra en el Palacio Negro de Lecumberri.

El tercer personaje en la escena era Benita Galeana Lacunza. Huérfana desde los seis años se había formado al amparo de familiares y amigos. Muchos amigos, eso sí. En 1927 se dio de alta en el Partido Comunista Mexicano.

Algunas de sus sectarias biógrafas prefieren presentarla al lado de los muralistas Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, pero Galeana era apasionadamente sindicalista, de ahí que compartiera la represión carcelaria contra Campa y De la Cabada.

Macrina Rabadán Santana

Macrina Rabadán Santana nació en cuna de abolengo en Guerrero. Abrazó el oficio de maestra rural y, con sus hermanos David y Epigmenio, fueron líderes agraristas que lograron el reparto de latifundios en la entidad en el periodo 1934-1940. Los hermanos fueron masacrados. Ella siguió en la lucha social.

Rabadán Santana fue fundadora en su estado del Partido Popular (después PPS), del que fue diputada federal. En tribuna, denunció que el matón gobernador Raúl Caballero Aburto, hizo de Guerrero, un cementerio cívico.

Fue Rabadán Santanas delegada mexicana al Congreso de la Federación Sindical Mundial, en Viena. Más tarde, participó en el Congreso Mundial por la Paz en Moscú.

La Pasionaria Dolores Ibárruri

Aprovechamos la escala en la Plaza Roja. A distancia, en 1973, vimos a Dolores Ibárruri Gómez. Vivía el exilio por su brava participación en la defensa de la Segunda República Española y en la Guerra Civil.

 Era nada más, pero nada menos, La Pasionaria. Fuego la movió para militar en el socialismo. Su terreno de combate sindical fueron las Minas de Asturias.

Desde el exilio dirigió el Partido Comunista Español. El brazo fuerte del partido fueron las todavía activas Comisiones Obreras.

Doña Rosario Ibarra de Piedra

Desde mitad de la década de los setenta, hemos dado seguimiento a la imbatible trayectoria de doña Rosario Ibarra de Piedra, precursora de la búsqueda de desaparecidos y por los Derechos Humanos.

Doña Rosario fue la primera candidata presidencial mexicana, registrada por el Partido Revolucionario de los Trabajadores en 1982.

De mujeres mexicanas combatientes, todavía seguimos a doña Efigenia Martínez, activo que fue de la Corriente Democratizadora del PRI, fundadora del Partido de la Revolución Democrática y hoy emblema de Morena en el Senado. Su carta de presentación es la irrenunciable Defensa de la soberanía petrolera de México.

Las notables del oficio periodístico

En nuestro oficio hemos estado cercanos a las periodistas Socorro Díaz Palacio (El Día), Carmen Lira, Blanch Petrich y Lourdes Galaz Ramírez (La Jornada).

Solidarios hemos marchado contra la rabiosa persecución de Carmen Aristegui. Nos gratifica el jovial ejercicio periodístico de Cristina Pacheco y de Elena Poniatowska.

Cuestión de generación. Mujeres de la actual generación ejercen el periodismo a costa de riesgos contra su integridad física y aun de su propia vida.

Los rangos humanistas de aquellas combatientes

A vuelo de pájaro rescatamos al menos cuatro coincidencias en el rumbo de las heroínas nombradas: 1) Su acción en colectivos sociales   y partidos en favor de la clase en trabajadora de la ciudad y el campo.

2) Actuaron o actúan aún, a costa del sacrificio de sus familias, en formaciones sindicales, campesinas e indígenas, y partidos de izquierda. Eventualmente, en el ala progresista del PRI.

3) Por sus propios méritos personales, profesionales y políticos, escalaron posiciones legislativas y administrativas en el servicio público,

4) Fueron precursoras en las batallas históricas por el voto de la mujer y sus derechos sociales y económicos, no desde la óptica de género, sino como compromiso con la comunidad humana toda.

En el registro que tenemos de sus actuaciones, con la mira puesta en los objetivos de la lucha partidista, social y parlamentaria, vemos que nunca sacudieron sus faldas para lograr sustanciales reformas constitucionales y legales.

Las que recibieron peladitas y en la boca

De la ardiente y activa pasión social de aquellas mujeres, las usufructuarias de hoy se pronuncian en incesante quejumbre por la añosa “equidad entre géneros”, de la que pasaron a la igualdad y a la paridad, según sople el viento de las luchas feministas, algunas devenidas hembristas.

La paridad, por ejemplo, se manifiesta en la exigencia de candidaturas a mitad y mitad a puestos de elección popular y aun en mandos administrativos.

La igualdad es otra cosa: El reparto de los recursos públicos a mitad y mitad, sin discriminar bonos “por productividad”, moches o abundantes y exquisitas compensaciones de fin de año.

A igual cargo y desempeño, suelen decir esas demandantes, igual remuneración. ¿Y qué pasa con las obreras industriales y las transportistas; las maestras rurales, las policías, las costureras, las secretarias, las jornaleras del campo, las trabajadoras domésticas?

Para esas servidoras –la mitad del cielo, dicen algunas oradoras feministas-, es hora que no llega la justicia social. Es cuanto.

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