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Las gallinas de arriba defecan sobre las de abajo

La Piedra en el Zapato

Por Abraham García Ibarra

En ese proceso digestivo no opera sólo la ley de gravedad, sino la intencionalidad. Expresado en otros términos, la premeditación, la alevosía y la ventaja.

Hace tres, tuvimos El Chapo del sexenio. La divisa del que terminó, fue: No te preocupes, Rosario. Coronó esa indulgencia la que coloquialmente se conoció como La estafa maestra.

El pecar es humano, dice el bolero: Perdonar es divino. El rosario de la impunidad ya le da varias vueltas al planeta.

Rara avis en el ministerio de la Justicia

En los sesenta -años aún de pretendido humanismo político– en la ciudad de México tuvimos noticias de una rara avis. Se le conoció como Alfonso Francisco Ramírez.

Siempre que se nombra Francisco, se le asocia al de Asís, hijo de acaudalado mercader, que abandonó el ocio y la molicie para lanzarse a la pesca de almas, disfrutando una vida de pobreza y de austeridad.

Nuestro Francisco moderno era de otra naturaleza: Explorador de la cultura y el espíritu. De tantos personajes históricos que estudió, le dedicó un capitulo al periodista tlaxcalteca Trinidad Sánchez Santos.

¿Quién era ese tal Trinidad? Alguien que escribió: “El indio trabaja todo el tiempo, lo mismo bajo heladas puertas de la madrugada, que después, bajo la lumbre de un sol de enero.

“El indio, en esas condiciones, sin más alimentación que maíz y chile, hace tareas de 400 metros de atadura. Y todavía se le llama perezoso”.

Es extraño que don Alfonso Francisco Ramírez se ocupara de esas cosas tan prosaicas, si él era ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y, por méritos propios, presidente de Academia Mexicana de Derecho Político. Nada más, pero nada menos.

En el viejo régimen había hombres de tamaña estatura. Quién sabe si el ministro Ramírez haya retomado aquel escrito, recordando que ministro de la Corte fue el Indio Benito Juárez, quien antes de llegar a ese ministerio conminaba a los servidores del Estado a vivir en la augusta y honrada medianía.

El Chacal Victoriano Huerta, bajo palio justiciero

De otra fuente y de otra época, recuperamos un documento que habla por sí sólo: Está dirigido al asesino de don Francisco I. Madero, El chacal Victoriano Huerta.

Señor:

“La justicia y su administración, es cosa tan esencial para la vida de las sociedades, que no se puede concebir una culta si carece de honrada administración de la justicia, que a cada quien dé lo suyo y haga respetar el derecho en toda circunstancia y en la amplia medida que demande el propio derecho, ya pertenezca éste al débil, ya corresponda al poderoso, ora sea que asista al Estado o que pertenezca al individuo en conflicto con el primero”.

(Aquí hacemos un obligado corte, a propósito del individuo en conflicto con el Estado.

Para las elecciones intermedias de 2015, fuerzas sociales y partidistas gestionaron ante la Suprema Corte de Justicia el fíat para que en ese proceso concurriera la consulta popular a fin de poner a consideración de los votantes un incremento a los salarios mínimos, de tal forma que cubra todas las necesidades de la familia y garantizarle al menos la línea de bienestar.

De manera contundente, los ministros negaron el ejercicio de ese derecho constitucional establecido en el artículo 35 de la Carta fundamental.)

Justicia sin distinción de personas ni de clases

Continuamos con el texto en comento en una de sus caracterizaciones: El deber de impartir de la justicia dignamente, sin distinción de personas ni de clases

Lenguaje jesuítico, si lo hay, las últimas líneas dicen: Se ofrece lealmente al Poder Ejecutivo sus sinceras congratulaciones y la colaboración a efecto de realizar empresa tan patriótica y noble. (Implantar la paz en México: A cualquier costo, diría el felicitado.)

En sus manos ensangrentadas, el 22 de febrero de 1913 el golpista Huerta recibió el documento -votado por la Corte- de parte de los ministros felicitantes Alonso Rodríguez Miramón, Emilio Bullé Goyri y Carlos Flores.

Si hiciera falta una acotación, vale decir que los ministros Francisco Belmar, Eduardo Castañeda, Emilio Álvarez y Jesús González, con su ausencia, se negaron a ser cómplices de esa ruin canallada.

En acción un leal ministro de la Derecha

A propósito de excepciones, en 2010 el ministro Arturo Zalvídar se declaró impedido para tomar una cierta causa, previniendo conflicto de interés.

No hizo lo mismo el panista Salvador Aguirre Anguiano, conocido coloquialmente como El ministro de la derecha.

Este abordaje lo asumimos al amparo de aquello de impartir justicia dignamente, “sin distinción de personas ni de clases”.

El antecedente del caso tiene que ver con la práctica de la usura bancaria institucionalizada. En el entorno del crack de la Bolsa Mexicana de Valores de 1987, los remesones alcanzaron al régimen de banca y crédito.

Agentes del Poder Judicial de la Federación se prestaron al despojo patrimonial de cientos, acaso miles de prestatarios. Se conocieron algunos suicidios de los que no soportaron la ruina.

Los robos en camino real se perpetraron por la vía más simple: La carga de intereses, sobre intereses, sobre intereses, sobre los saldos insolutos en contratos de crédito.

Luego -especialistas en eufemismo que somos-, a la usura se puso el bonito nombre de anatocismo y al procedimiento capitalización de intereses (casi geométrica).

Por ese método -expuesto a la interpretación de los honorables jueces de distrito y magistrados en sentencias de recursos de amparo- se produjeron los cavernarios y monstruosos despojos a que hicimos alusión, en contra de los acreditados.

Está usted como operado del cerebro

Algunos ingenuos poseedores de papeles bancarios pensaron que era posible cambiar la oración: Demandaron la aplicación de la figura del anatocismo a los prestamistas que empezaron a hacer cuentas de birlibirloque a la hora de reconocer las tasas de interés establecidas en los contratos.

Con la complicidad del Banco de México, las reglas que se aplicaron a los acreditados no eran aplicables a los usureros. Incluso se improvisaron algunas normas con efectos retroactivos. Todo a la carta, pero no la constitucional.

Un caso ilustrativo (en el que fue actor del ministro Aguirre Anguiano): Un demandante contra el Banco Nacional de México, argumentos contables a la mano, suponía que por su capital e intereses devengados podría alcanzar un rembolso por encima de los mil 400 millones de pesos. Está usted como operado del cerebro: Confórmese con tres millones y diga que le fue bien.

No fue el único caso, pero, por los sentenciados, el anatocismo ha pasado la prueba de las jurisprudencias: Ya es arma de destrucción  masiva. Gracias a los ministros de la Suprema Corte.

Los placeres vicarios son “conquistas históricas”

Se trata de los bancos en propiedad de manos extranjera la mayoría, ¿cómo aceptar que las arbitrarias y leoninas comisiones y la ejecución de intereses moratorios sean sujetos a revisión? No señor, en el Estado neoliberal eso es inadmisible.

¡Qué pena! Se nos ha agotado el espacio: Ya no volvimos a la reciente historia en la que los ministros de la Corte declararon inconstitucional el derecho a la consulta popular sobre el incremento a los salarios mínimos.

Y ya se quiere perpetrar otro atentado, pero ahora revertido al interés de los ministros: Que no ganen más que el Presidente de la República. Pero, ¿qué les pasa?

Son derechos consagrados que los ministros de la Corte tengan ingresos por más de 17 mil pesos al día: Los placeres vicarios son conquistas históricas.

Parafraseando al clásico, para los enemigos, justicia a secas; para los amigos, justicia y gracia. Es cuanto.

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