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Llega la hora de la verdad; ahí viene el lobo

VOCES OPINIÓN Por: Mouris Salloum George

No hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague, decían nuestras abuelas.

Para el mundo, y para México en particular, empezó la cuenta regresiva. Dentro de unas horas será investido Presidente de los Estados Unidos el republicano Donald Trump.

Falta te de tila o ansiolíticos químicos para domar los nervios que tienen fuera de sus casillas a los conductores del Estado mexicano.

¿Qué importa que Trump sea el Presidente estadunidense que llega a la Casa Blanca con los más bajos registros de popularidad en su propio país?

¿Qué importa, si dentro o fuera de los Estados Unidos, se ve Trump como chivo en cristalería? El lunes ya estará instalado en el Salón Oval de la Casa Blanca.

Por lo que se ha leído o escuchado en las últimas horas aquí, a la ceremonia de consagración del Atila anaranjado ha sido invitado el gobierno mexicano. Incluso, por voz de agentes del Partido Republicano en nuestro país, “a Trump le agradaría visitar de nuevo México” ya en su condición de Presidente.

La cuestión es que la ofensiva mediática desde México sigue generando un estado de histeria frente a las amenazas del ensoberbecido magnate, que han pasado del discurso de campaña a la consumación de hechos aun antes de su toma de posesión. El sector automotriz, es el nicho ensamblador y exportador más sacudido. Por lo pronto.

La resistencia de saliva no sirve para nada

En la sicosis colectiva, los voceros del gobierno mexicano no atinan en la presentación de un diseño de diplomacia para enfrentar esa realidad “que ya nos alcanzó”. Todo se les va en exclamaciones desde una posición verbalmente reactiva.

China, otra de las víctimas propiciatorias en los planes de Trump, por el contrario, asume la contraofensiva y se ofrece como frente de resistencia para la preservación de la libertad de comercio en el mundo. Lo acaba de hacer en el arranque de la reunión anual del Foro Económico Mundial, en Davos, Suiza.

Pero China supo ver con realismo hacia el futuro desde hace tiempo y, sin dejar de mirar al exterior, por lo mismo,  atrincheró su desarrollo económico interno con formidable éxito para estar a la vanguardia de los titanes de la globalización.

México en cambio; sus “líderes”, dicho con mayor propiedad, siguen anclados en la superstición de crecer hacia afuera, pensando que, por automática añadidura, desde afuera nos llegará el maná por todos tan deseado.

Se habla, se habla y se habla, de que México está preparado para defender su soberanía contra las acechanzas del nuevo caudillo del estupendo coloso.

Soberanía, ¿dogma o potencial de unidad nacional?

La exclamación merece una acotación: Desde hace más de cuatro sexenios, más exactamente desde que se firmó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCLAN), la tecnocracia en el poder proclamó que, en un mundo interdependiente, la soberanía no deja de ser más que un dogma obsoleto; una rémora.

Lo dijeron los arrogantes tecnócratas, cuando aseguraron que ya habían puesto a México  en aptitud de competir en las Grandes Ligas.

Sin hacer concesión a pedanterías librescas, sin embargo es menester recordar que la Constitución establece que la soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo.

Para la defensa de la soberanía nacional, es imperativo tener como presupuesto básico la unidad de todos los mexicanos.

Si las políticas neoliberales han engendrado la polarización socioeconómica entre los mexicanos -lo estamos viendo en estas horas críticas-, ¿cómo esperar una respuesta activa a la convocatoria a la unidad nacional?

No basta con exacerbar el nihilismo, compadre del patrioterismo. Se requiere voluntad de rectificación del modelo de acumulación y distribución de la riqueza, según reciente reporte internacional, acaparada por unos cuantos plutócratas mexicanos a expensa de la miseria de las mayorías.

Si tanto se le teme a Donald Trump, es hora de ponerse serios y convertir las palabras en hechos tangibles y, sobre todos creíbles. Vale.

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