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Lo que nunca harán los del grupo dominante mexicano

El Lecho de Procusto

Por Abraham Garcia Ibarra

Sería mentir flagrantemente, si atribuyéramos el texto que sigue al canciller Luis Videgaray  como un memorial dirigido a su jefe el presidente Enrique Peña Nieto.

La aclaración es pertinente, porque no sabemos si el ex secretario de Hacienda ya pasó su etapa de aprendizaje en la Secretaría de Relaciones Exteriores. No somos partidarios de las fases news.

Las notas que siguen, en todo caso, podrían presentarse como una carta sin destinatario mientras que en Los Pinos no despache un nuevo inquilino.

El primer elemento de estos contenidos parte de una pregunta: ¿Qué tan eficaz es la acción de represalia del gobierno mexicano contra Washington por la imposición de aranceles al intercambio comercial México-Estados Unidos?

Según el argumento esgrimido para aplicar la represalia, se hizo con base en las próximas elecciones legislativas en los Estados Unidos, en cuyo caso se seleccionaron algunos estados donde los productores de agropecuarios podrían reaccionar con sus votos contra las medidas del republicano Donald Trump.

En una sumatoria preliminar de los productos afectados por nuevos aranceles mexicanos, salta a la vista que, en valor en dólares, en una primera fase no pasa de los mil millones (quesos, algunas parte de cerdo, arándanos, etcétera).

Para llegar a una operación reactiva por parte de México, que de veras cause revuelo en las Naciones Unidas, necesario es empezar por una exposición de motivos.

Decreto Constitucional par la Libertad de la América Mexicana

Demos un marco de referencia histórica: Activo aún el movimiento Insurgente, en octubre de 1814 en Apatzingán (Michoacán, ahora) los combatientes mexicanos aprobaron y promulgaron el Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana. (Se conoce coloquialmente como la Constitución de Apatzingán.)

Una retrospectiva: Desde finales del siglo XVIII, lúcidas cabezas españolas ya habían advertido a la Corona el peligro que entrañaba el surgimiento del Gran Coloso en el Norte de América. Sería inminente que pretendiera saciar su apetito territorial a costa de las colonias de la Nueva España.

A mediados del siglo XIX, autor de la obra seminal La Democracia en América (por supuesto, se refería a la incipiente Unión Americana), Alexis de Tocqueville tuvo una visión profética: Rusia y los Estados Unidos partirán el globo terrestre, para repartirse su dominio en dos mitades. Brujo.

El Destino Manifiesto ya había salido de la placenta

Desde inicios del siglo XIX, sobre la Nueva España septentrional se habían detectado expediciones estadunidenses mapeando la región para censar población y recursos naturales.

Desde que se conoció la Constitución de Apatzingán -tibio en el regazo el Destino manifiesto– unos diez años después, desde el eje Texas-Washington empezaron a revisarse pretextos, estrategia y logística para provocar la guerra contra el México independiente.

Para entonces, ya se percibía la vocación expansionista del Gran Coloso: Su mira estaba puesta en las Californias, Nuevo México y puntos intermedios. (Recuérdese ahora que un siglo después, Adolfo Hitler se atrincheró en su teoría del espacio vital de Alemania para desencadenar la Segunda Guerra Mundial.)

La conspiración de la que Washington se decía inocente

Texas se había separado de México. El presidente Sam Houston olfateó la conspiración. Ubicó al principal conjurado: El comodoro Robert F. Stockton. Lo tipificó como un pillo.

Hacia el gran asalto contra México de 1846-1847, desde ocho años antes Stockton tramaba la guerra. Aunque ya presidente James Xnox Polk fingía demencia, bajo cuerdas autorizaba al comodoro el desplazamiento de tropas hacia las riberas del Rio Grande. (Ahora, Bravo). Se culparía a los tejanos de toda la trama guerrera.

Obviamos la narrativa del desarrollo de la intervención  y su resultado, para remitirnos al Tratado Guadalupe Hidalgo, por el cual México fue despojado de la mitad de su territorio. No tipificó el gobierno mexicano -que se conformó con 15 millones de dólares– la guerra. Lo hizo el Congreso de los Estados Unidos: Innecesaria e inconstitucional.

Si, de acuerdo con el régimen jurídico estadunidense, la guerra de despojo fue inconstitucional, su producto, el tratado, ¿no fue de origen inconstitucional?

Ahora mismo, la ONU atiende conflictos cuya Litis se basa, precisamente, en arbitrarios despojos territoriales, según lo documentan casos específicos en Medio Oriente, con sus Estados fragmentados y sus pueblos expulsados por designios de las potencias occidentales, encabezadas por los Estados Unidos.

El caso mexicano, ¿es cosa juzgada? Ni por prescripción pasiva. Todavía en la década de los setenta y ochenta -antes de que se firmara el Tratado de Libre Comercio- activas comunidades en Texas, principalmente; California y Nuevo México, reclamaban la reivindicación territorial con base en títulos otorgados por la Corona española desde los tiempos de la Colonia.

Los mexicanos, víctimas propiciatorias de un demente

Retrotraemos la narrativa a su momento estelar.  Un diagnóstico oficioso sobre Polk: Es un hombre trastornado, confuso y miserablemente perplejo. Permita Dios que pueda demostrar que no hay en su conciencia algo más penoso que esta su perplejidad mental.

Esas afirmaciones las hizo el representante Abraham Lincoln en discurso ante el pleno el 12 de enero de 1848.

El presidente norteamericano había presentado el despojo como una cesión del gobierno mexicano. En respuesta, la Cámara de Representes dictaminó que Polk había iniciado la guerra inconstitucionalmente.

Repetimos la codificación jurídica, porque en el mismo sentido se pronunció Thomas Corwin, cuya poderosa oratoria se dirigió a desarmar un argumento pretendidamente justificatorio de la guerra.

El discurso de los rapaces se sostuvo en el supuesto de que dentro de pocos años seremos 200 millones de habitantes, y necesitamos espacio. Expansionismo puro.

Corwin replicó: Si yo fuera mexicano les diría: ¿No tienen espacio en su país para enterrar a sus muertos? Si vienen al mío, los recibiremos con las manos ensangrentadas y les daremos la bienvenida en hospitalarias tumbas.

Que 35 millones de mexicanos se rasquen con sus propias uñas

Ahora caemos en cuenta en la sinrazón por la que los del grupo dominante desprecian la Historia y califican su legado como dogmas y mitos.

Será por eso, que nunca se presentarían en la Asamblea General de la ONU para -en defensa de 35 millones de mexicanos ya nacidos o naturalizados en los Estados Unidos, más los perseguidos por Trump-, recordar que la verdad histórica sobre la guerra de despojo del 48, está escrita en el mismito Capitolio. Es cuanto.

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