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Los libros impresos son subversivos: Hay que quemarlos

La Piedra en el Zapato

Por Abraham García Ibarra

Reportero de modelo antiguo -hecho de tinta y entibiado en los crisoles de los descontinuados linotipos; el sistema caliente, pues-, nos auxiliamos hasta ahora con nuestro lápiz y la libreta de apuntes.

Por formación práctica, todavía consultamos diarios y revistas impresos y, con más pretensión, en una selección de libros que sirvan a nuestro oficio.

Hechos en el diarismo, el domingo lo ocupamos en ejercicios de nostalgia, alternando la fascinante lectura de suplementos encartados en los diarios, con el reacomodo de algunas obras literarias que nos informan desde donde venimos para saber hacia donde queremos ir, aunque el tramo que nos queda es muy corto ya.

El pasado domingo, casi contratamos un trauma. Leemos: El libro electrónico dará mayor impulso a la democratización de la cultura de los tiempos modernos. Lo cual no nos parece fatal.

Desaparecerán libros, librerías, bibliotecas, correctores…

Lo que nos inquietan son las siguientes líneas: Desaparecerán librerías, bibliotecas, editores, agentes literarios, correctores (¡!), distribuidores… y sólo quedará la nostalgia de todo aquello.

Tiempos de posmodernidad, ¿por qué esas líneas nos remiten a 1953? Porque vemos las imágenes de Fahrenheit 451. Es la temperatura con la que se quema el papel.

Aquel año, Ray Bradbury nos relató la historia de un bombero remiso, que se resiste a aterrorizar a los poseedores de libros, vistos por el sistema como agentes de subversión. La crítica a la ficción del autor señala que describe a la sociedad estadunidense del futuro, en que los libros están prohibidos.

No era para menos: Eran los años del senador republicano estadunidense Joseph McCarthy, identificado por los intelectuales contemporáneos como cazador de brujas. Nos queda una duda existencial: ¿Será el abuelo áulico de Donald Trump?

1984: Donde se nos habla de los postulantes del pensamiento único

Por asociación de ideas, damos con 1984: El inglés George Orwell nos lo había dado en 1947 para advertirnos contra los regímenes totalitarios, postulantes del pensamiento único. Implantarlo, es la misión del Hermano mayor.

El propio Orwell -que denuncia en esa obra la manipulación de la información como carta de presentación de los gobiernos autocráticos-, nos colocó ante una alternativa: La rebelión en la granja (1945). Obviamos la trama.

Ya entrados en gastos, desviamos la mirada hacia otras líneas en las que un interlocutor que viste sotana, denuncia: Vosotros, los señores, os ponéis de acuerdo con los liberales; qué digo, con los masones, y a expensas de nosotros, a expensas de la Iglesia.

Porque está claro que nuestros bienes, que son de los pobres, que son patrimonio de los pobres, nos serán arrebatados y luego serán repartidos de cualquier manera entre los cabecillas más deshonestos y, después, ¿quién matará el hambre de la multitud de infelices que hasta el día de hoy la Iglesia alimenta y encauza?

Nuevo Orden Social: Hace falta mucho dinero para comprar votos

En otras páginas se habla del nuevo orden social en el que, se dice, para abrirse paso a la política, ahora que el nombre ya no contará, haría falta mucho dinero: Para comprar votos, para tener atenciones con los electores; para llevar un tren de vida deslumbrante.

La afirmación anterior nos induce a regresar páginas donde un simpático joven le informa a su tío que se va a las montañas: Se preparan grandes cosas, tiazo. No quiero quedarme en casa. Estás loco, hijo mío, le replica el mayor: ¡Ir a la muerte con esa gente! Son todos mafiosos y estafadores. (Tienes) que estar con nosotros, por el rey.

Por el rey, responde el atrevido, ¿Pero, qué rey? Si nosotros no participamos también, esos tipos son capaces de encajarnos la República. Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie. ¿Me explico?

Cuando el tío le pone, resignado, unas onzas de oro en su bolsillo, el beneficiado le dice alegremente: ¡Ahora subvencionas la revolución!

¡Qué familiar nos resulta esa argumentación!: Que todo cambie, para que todo siga igual. Es el argumento de los logreros y trepadores mexicanos y sus financieros.

Aquél, es el parlamento entre don Fabrizio Salina y su sobrino Tancredi, el que decide incorporarse a las huestes de Garibaldi, que van sobre el reino de las Dos Sicilias.

Es obra de Tomasi de Lampedusa: El Gatopardo. La escribió en los años treinta. Se editó en 1960. Está en el catálogo del sello editorial Millenium.

Pues sí, los libros son subversivos: Hay que quemarlos. Es cuanto.

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