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Los símbolos transparentes de 2018

La Piedra en el Zapato

Por Abraham García Ibarra

En los mismos meses que -en México- se ponía en acción el ensamblaje del Partido Nacional Revolucionario (PNR/ 1929) como una confederación de formaciones políticas dispersas y facciones militares triunfantes en la Revolución, en los Estados Unidos se rodaba la película Frankenstein.

Ha sido la cinta la mejor versión sobre el tema, cuyo papel protagónico lo actuó Boris Karloff. A la sombra de la noche, el asistente de laboratorio, Fritz, merodeaba por los cementerios abriendo fosas para extraer diversos órganos seleccionados a fin de  “construir” un ser “humano” excepcional.

El experimento se malogró cuando en su fase culminante se colocó el cerebro a la criatura: Había pertenecido la membrana a un criminal: Una mente asesina. La aberración (Frankenstein)  devino metáfora de diversos usos para caracterizar las monstruosidades prefabricadas. Suele ocurrir en la política mexicana.

Doce elecciones presidenciales ganadas consecutivamente

Al general presidente sonorense, Plutarco Elías Calles no le falló el ensayo. El PNR, después Partido de la Revolución Mexicana (PRM) y Partido Revolucionario Institucional (PRI), hasta 1994 triunfó, no siempre a la buena, en 12 elecciones presidenciales consecutivas. En 24 elecciones legislativas federales y 54 mil 600 municipales.

Como el ejercicio del poder desgasta y la molicie también, al PRI se le acabó la producción de mentes brillantes, responsables de teorías y programas y, en la división del trabajo, de estrategas para organizar las tareas de campo en el escenario electoral.

En un periodo de casi seis décadas, se olvidó de transfundirle al PRI sangre nueva, sangre joven para curarle la hemofilia.

Empieza a fracturarse la hegemonía política

En 1988, los signos de decadencia empezaron a manifestarse. El invencible comenzó a perder su hegemonía política. Fue reducido a partido casi único.

Aquel mismo año se experimentó una forma de bipartidismo. Resultó funcional para la cohabitación en el corto plazo.

En 2000 el PRI, al perder la fuerza de su mano izquierda, perdió también el poder presidencial. Estuvo proscrito durante dos sexenios de Los Pinos. Fue puesto de pie de nuevo en 2012.

Reingeniería anatómica con pura retacería

Algo pasó, sin embargo, en la reingeniería anatómica: El organismo se reconstruyó con retacería recogida de aquí y de allá: Un entramado carente de unidad de acción ahí donde más se requiere: En el campo electoral.

Fue la edición contemporánea de Frankenstein. Con una diferencia, no obstante. Sin fuerza motriz propia, para no cargarlo en silla de ruedas se le habilitaron dos muletas. Se le rebautizó como el partido del Pacto por México, una figura contra natura.

En el corto lapso de un lustro, el PRI perdió cinco millones de votos electorales: Un millón por año. El 1 de julio pasado quedó plenamente desarticulado. Para el arrastre, dicho en términos taurinos.

Ahora, el facultativo tricolor mayor aconseja a quien necesita ser aconsejado, que se le cambie de nombre y de esencia al PRI. No nos queda clara la receta. ¿Cambiar la naturaleza misma del partido; su razón de ser? Vaya usted a saber.

En el juego electoral bajo la regla de suma cero

Los partidos nacionales beligerantes en las elecciones generales de 2018 llegaron al 1 de julio con el siguiente capital político en el reparto del poder:

PRI: La presidencia de la República y 14 gobernaciones en los estados. PAN: 11 gobernaciones. PRD: cinco gobernaciones. Verde: una. La 32, independiente. En algunos estados, PAN y PRD cohabitaban en palacio.

Al día siguiente, al PRI se le restaron la presidencia y dos gobernaciones; al PRD, tres. El PAN resultó tablas. El Verde perdió la única. En los resultados generales apareció la regla de suma cero: Todo lo que perdieron los partidos nacionales históricos se le abonó al nuevo: Movimiento de Regeneración Nacional.

Los que están en nosocomios de medicina crítica

Al PRI, convertido en jirones dispersos, como lo consignamos antes, se le aconseja cambiar de nombre y “de esencia”. No se dice cómo se nombraría de nuevo (en 1988-1990 se propuso el de Solidaridad).

Tampoco sabemos qué entiende la suplente en su presidencia nacional, Claudia Ruiz Massieu Salinas, por cambio de naturaleza. ¿Sólo de piel o también de entrañas? ¿Le quedan cirujanos aptos para esa operación mayor?

En el PAN quedó un regadero de cabezas y de moronga. El azul sin embargo, en  su “brega de eternidad”, ha pasado por operaciones reconstructivas y se ha levantado del piso al menos en tres ocasiones. Sobre todo en 2016. Hoy aparece retratado como una manada acéfala.

La segunda muleta del fáctico Pacto por México quedó hecha astillas. En el espectáculo funeral del PRD lo que se observa es la chacalera lucha por la carroña. Entre 2000 y 2018 echó por la borda todas las expectativas relanzadas en 1997. Tiró la tina de agua sucia con todo y niño.

Morena ha prescindido de filtros de entrada. Todos los que quisieron tuvieron derecho de admisión. Está por verse si drena los canales para una purga indispensable y pasa de un movimiento catalizado por una figura central a una auténtica formación orgánica, con fuerza bastante para validar y revalidar lo avanzado hasta ahora.

Primera prueba del ácido: Baja California

En dos meses más, se convoca a los partidos a la primera prueba del ácido después de las elecciones generales de 2018: Los comicios en Baja California. La página tiene escrito algo, tanto en verso como en prosa.

En 1988, el PAN pactó con el usurpador Carlos Salinas de Gortari la alianza estratégica: Permuta de “legitimidad de gestión” a cambio de concertacesiones electorales.

El primer abono a esa onerosa factura lo hizo Salinas en julio de 1989. Desde entonces, el PAN ha sido la fuerza política dominante en aquel estado fronterizo. El pasado 1 de julio, sin embargo, fue arrollado por la aplanadora morena.

La imaginaria nos remite a Baja California: Nos parece ver, desde ya, el fantasma de Boris Karloff. No tenemos liturgia para exorcizarlo. Es cuanto.

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