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Norberto Hernández Montiel Opinión

Luis Echeverría Álvarez: memoria amarga

Ojo Público
Por Norberto Hernández Montiel

La mención del ex presidente Luis Echeverría Álvarez no puede dejarnos indiferentes a muchos mexicanos de mi generación. Una gran mayoría evocamos, inmediatamente, las matanzas del 2 de Octubre de 1968 y 10 de junio de 1971; el golpe contra el Excélsior de Julio Scherer, que culminó, curiosamente, el 8 de julio de 1976, 46 años exactos antes de la muerte de Echeverría.

El primer día de noviembre de 1976, a menos de un mes de que terminara aquel sexenio, apareció el primer número de Proceso, con Scherer al frente del equipo expulsado de Excélsior. En el editorial se explicaba el nombre de la revista: “Proceso de los hechos, proceso a los hechos y a sus protagonistas: estas son las líneas de acción de nuestro semanario”.

Resulta por demás interesante la lectura de este primer ejemplar de la revista, que fue sin duda la más importante de la segunda mitad del siglo pasado. De las páginas 12 a 15 se daba cuenta, con la brevedad que el espacio ameritaba, del golpe contra Excélsior, que recibió un ominoso aviso, por medio de un atentado contra la sede del diario, localizado a unas cuadras de la Secretaría de Gobernación.

La denuncia fue clara en el texto titulado “De Excélsior a Proceso, lucha por la voz pública”. Se rememoraba: “En 1969 una bomba estalló en el edificio principal de Excélsior, como tardía prolongación de las acciones represivas lanzadas desde el año anterior contra actividades e instituciones democráticas”.

Se trata de una verdadera obra de consulta. La cabeza de la primera nota fue “1970-1976, consolidación del poder personal” y constituía un balance del sexenio echeverrista, ilustrado con fotos de Rogelio Cuéllar, las cuales mostraban a Echeverría jubiloso en el balcón de Palacio Nacional, recién investido como presidente. Fue un amplio trabajo colectivo realizado por los reporteros de la revista, en el cual se daba cuenta, entre otros manejos, del uso que dio Echeverría a la represión del 10 de junio de 1971 para emprender una purga en su gabinete.

En las líneas finales se enumeraba, entre otros indicadores, que alrededor de 50 por ciento de la Población Económicamente Activa se hallaba desocupada o desempleada; más de 70 por ciento de la misma recibía menos de 30 por ciento del ingreso nacional; más de 30 millones de mexicanos carecían de atención médica; sólo siete millones de los 60 millones que habíamos entonces, accedían a alimentación y nutrición suficientes; el déficit de vivienda era de tres millones de habitaciones.

De las páginas 16 a la 20 se incluían varios fragmentos de las memorias de uno de los más lúcidos intelectuales mexicanos del Siglo XX, el economista, historiador, sociólogo, politólogo y ensayista Daniel Cosío Villegas, fallecido en marzo de 1976. Los textos elegidos para este segmento estaban relacionados con las experiencias del pensador durante ese sexenio, en el cual debió estrechar la mano de Echeverría, el día que recibió de éste el Premio Nacional de Letras, en 1971.

El título de la recopilación fue “el crítico frente al ejecutivo”, escrito así, todo con minúsculas. Se trató de una primicia, porque las memorias apenas iban a publicarse y la viuda de Cosío Villegas las entregó a Proceso, con el fin de que se incluyera una compilación en el número 1.

Sus primeras 20 páginas estuvieron dedicadas, en lo informativo, al sexenio de Echeverría Álvarez, al igual que algunos de los artículos. Los cartones estuvieron a cargo de Rogelio Naranjo, en la página 1; Rius, en la 39; Abel Quesada, en la 43 y Bulmaro Castellanos, Magú, en la última.

Todos, a excepción del de Quesada, estaban dedicados a la devaluación del peso, que había permanecido en $12.50 por dólar durante 22 años. Nadie tenía necesidad de consultar la paridad, pero eso terminó el 11 de septiembre de 1976, a unos meses de concluir el sexenio echeverrista, cuando llegó a $19.70.

En cuanto a la responsabilidad de Echeverría en la matanza de 1968, en la cual él aseguraba no había tenido nada qué ver, es imprescindible revisar el documental Los rollos perdidos, dirigida por Gibrán Bazán y se puede revisar en YouTube (https://www.youtube.com/watch?v=Z-rxENrNhKc&t=204s).

Esta película muestra muchos elementos fundamentales para saber, más que entender lo ocurrido en la masacre de 1968. Se exhibe la amenaza de Gustavo Díaz Ordaz en su cuarto informe de gobierno, el 1 de septiembre de ese año sombrío: “Hemos sido tolerantes hasta excesos criticados, pero todo tiene un límite…”

Tales palabras fueron interrumpidas y secundadas por una salva de furiosos aplausos de los diputados priístas, quienes inclusive se pusieron de pie para respaldar el amago, al cual no podían estar ajenos, a un mes de que la Plaza de las Tres Culturas se cubriera con la sangre de un número de mexicanos que nunca conoceremos.

Es necesario hacer un paréntesis para recordar otro respaldo, el de José López Portillo, quien, como presidente, nombró embajador en España a Díaz Ordaz en 1977. La conferencia de prensa que ofreció, investido ya como representante diplomático de México, se reseñó en el número 24 de Proceso: “Golpes en la mesa y el dedo índice apuntalando las palabras, fuertes, como cuando era el mandatario, Díaz Ordaz afirmó:

“Estoy muy orgulloso de haber podido ser presidente de la República y haber podido, así, servir a México. Pero de lo que estoy más orgulloso de esos seis años es del año de 1968, porque me permitió servir y salvar al país, les guste o no les guste…”

Más adelante se le hizo un cuestionamiento:

–Usted acaba de decir que salvó al país. ¿De qué lo salvó?– Le preguntamos.

“Del desorden, del caos, de que se terminaran las libertades de que disfrutamos. Quizá usted estaba muy chavito y por eso no se dio cuenta”.

Volviendo al documental Los rollos perdidos, uno de los testimonios más importantes para dilucidar la responsabilidad de Echeverría en la matanza del 2 de Octubre y que podría arrojar luz sobre la planeación de la perpetrada el 10 de Junio de 1971, es del director de cine Servando González, fallecido en 2008.

En los segmentos que dedica el documental a una entrevista con él, relata que, por encargo gubernamental, registró la matanza del 2 de Octubre. Para ello emplazó ocho cámaras de alta velocidad, equipadas con telefotos de 400 milímetros, con los cuales se podía hacer un close up a 300 metros de distancia. Con éstas filmaron más de 14 rollos en un lapso superior a ocho horas.

Se trataba de los mejores dispositivos cinematográficos disponibles en los Estudios Churubusco, los mismos que utilizaría solamente unos días más tarde el cineasta Alberto Isaac para filmar la Olimpiada que se inauguró el 12 de Octubre.

Uno de los equipos, humanos y técnicos se instaló en el piso 17 de la torre que entonces albergaba a la Secretaría de Relaciones Exteriores y ahora es el Centro Cultural Universitario Tlatelolco. De acuerdo con testimonios recabados en el documental, también hubo francotiradores en ese sitio.

Todo el trabajo estrictamente cinematográfico terminó antes de las siete de la mañana del 3 de Octubre, en los Estudios Churubusco, hora en la cual un grupo de hombres, descritos como de aspecto militar, recogieron todo el material, a excepción de unas pruebas de positivos, que se hicieron como parte del proceso final, las cuales conocimos en Las claves de la masacre, de Carlos Mendoza, en 2002.

Lo que implica la contratación del personal, desde el director hasta los tramoyistas y disponer de cámaras y accesorios, requirió no sólo de una planeación minuciosa, sino de una mentalidad sumamente perversa.

Después de dos años de arresto domiciliario, a Luis Echeverría Álvarez se le absolvió y liberó de responsabilidad penal respecto a esos hechos en 2009, durante el sexenio de Felipe Calderón Hinojosa, cuando el acusado tenía 87 años de edad.

Tomo prestadas las siguientes líneas de José Zorrilla, porque creo que la ocasión lo amerita:

“Por donde quiera que fui,

“la razón atropellé,

“la virtud escarnecí,

“a la justicia burlé,

“y en todas partes dejé

“memoria amarga de mí”.

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