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Mujeres, todas iguales pero unas más iguales que otras

La Piedra en el Zapato

Por Abraham García Ibarra

Desde nuestra lectura, la película Roma es un canto a la servidumbre: La mansedumbre ante los patrones, la resignación al estado laboral, la impotencia frente al ultraje sexual, el obligado heroísmo, salvando hijos de los empleadores, la humillación lavando cotidianamente los excrementos de los perros, la pasividad de cara a la represión política…

Una de las procaces secuelas, han sido odiosas expresiones de racismo.

En México, cerca de dos millones de mexicanas, la mayoría de origen indígena, en diversos rangos de edad -desde niñas a abuelas-, vegetan en el mercado laboral doméstico, a mitad de la paga que reciben otros oficios femeninos; retribución, además, cubierta a modo de tiendas de raya: Sobras de la alimentación y gallos desechados por la familia, etcétera.

En las reservaciones agropecuarias de México, con otro rango ocupacional, esas mujeres cumplen tareas que ni los jornaleros quieren desempeñar. Las acompaña su numerosa prole.

Equidad, paridad, igualdad; sólo para las empoderadas

El pasado 8 de marzo, como en otras ciudades del mundo, en México se celebró el Día Internacional de la Mujer. Las sirvientas, llamadas por sus patronas chachas, fueron las eternas convidadas de piedra. A no ser como alegoría folclórica.

Vimos en cambio, en lujosos comedores metropolitanos de cinco estrellas, selectas concurrencias de profesionales, ejecutivas de corporativos privados, funcionarias de los Poderes de la Unión, que no se conforman con menos de entre ocho y diez mil pesos al día.

En esos eventos, como otros de la misma naturaleza, retumban las voces exclamatorias que claman por la equidad de género, paridad en la oportunidad de acceso a puestos de mando, igualdad en las condiciones generales de trabajo; las prestaciones económicas por delante.

Previo al “festejo”, en algunas pantallas de televisión mexicanas atestiguamos la auténtica preocupación de mujeres que representan a instituciones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) o de Amnistía Internacional, en defensa, de veras, de los derechos de las seculares olvidadas en las políticas públicas.

Ni estafas maestras ni inversiones en paraísos extranjeros

Lo detestable de esas presentaciones, fue sentar ante los mismos reflectores a empoderadas féminas, cuyos expedientes públicos informan que han sabido rezar para su santo y lo han logrado con abundantes y públicas creces.

En la noche de los tiempos dejaron estafas maestras que han documentados instancias legislativas fiscalizadoras del gasto gubernamental. Oculto, el patrimonio construido con base en ilegales sustracciones de dinero de los contribuyentes, en muchos casos todavía impunes.

Todavía más: Tratar de acreditar la obra en favor de las mujeres y de los hambrientos del gobierno federal saliente, del que se sirvieron, más que servir a la gente.

Hablan por las mujeres mexicanas, las que que a su paso por la burocracia pública y por las dirigencias partidistas, han hecho milagros de inversión inmobiliaria en los paraísos de tentación de los Estados Unidos.

Hay días y celebraciones que, de plano, debieran ser borrados del santoral republicano. Es cuanto.

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