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Radiografía de la incertidumbre política

La Piedra en el Zapato

Por Abraham García Ibarra

Siempre es saludable que, en democracia, los beligerantes salgan de las catacumbas y muestren sus armas a pleno sol. Como decía el spot: Hablando se entiende la gente. Por supuesto, la gente que quiere entender y no sólo expectorar.

En una civilizada lucha de los contrarios, las parcialidades tienen el derecho y la oportunidad de fijar sus posiciones y defenderlas frente al adversario.

Acaso más temprano que tarde se produzca la síntesis, en la que puedan converger principio y consecuencias. Difícil, pero no necesariamente imposible. En política de altura, no muy frecuentemente, pero suele ocurrir.

En las pasadas campañas presidenciales, los contendientes fueron convocados a debatir sus ideas y sus propuestas de gobierno. Lo hicieron cada uno a su estilo, incluso cuando algunos de ellos renunciaron al comedimiento y se excedieron en intransigencias.

Si la eficacia radicó en la figura del candidato o en la capacidad de organización horizontal que promueve el voto, es cuestión que pasó a segundo plano cuando, a final de cuentas, los resultados hablaron por si solos y fueron validados por la instancia jurisdiccional.

Como en todo enfrentamiento o confrontación humana, en la pugna por el poder -cualesquiera que sean la naturaleza y los fines de éste- los vencidos hacen uso del derecho del ahorcado: El del pataleo.

Se pensó sin embargo que, a las semanas de haberse dado los dictámenes administrativos y jurisdiccionales de los resultados electorales del 1 de julio, las fuerzas en choque estarían dispuestas a aceptar la tregua de Dios.

La guerra electoral continua por otros medios

Parafraseando al clásico, la guerra electoral ha continuado por otros medios. Si bien algunos son legitimados por la norma jurídica establecida, otros, que se acogen a los usos y costumbres a la mexicana, francamente están incitando a la anarquía.

En el interior de los partidos derrotados, la subversión se expresa en formas violentas, como lo vimos el pasado fin de semana en una de esas formaciones partidarias.

En otra, los inconformes simplemente renuncian a su militancia. Lamerse las llagas también es una prerrogativa irrenunciable.

En los espacios del nuevo Congreso de la Unión, las bancadas minoritarias se atrincheran en su cerrazón.

Aunque esas acciones encuadran en la precaria legitimidad de una subcultura parlamentaria, no deja de ser detestable el grotesco y en algunos casos gorilesco asalto a las tribunas de las cámaras, como manifestación de impotencia frente al mayoriteo del grupo dominante, que no atiende la demanda: Peguen, pero al menos escuchen.

La tendencia se radicaliza cuando, en las propias fracciones legislativas del movimiento triunfante, sus integrantes se sublevan ante lo que tipifican como dictaduras; las ejercidas por sus coordinadores o por aquellos que fueron votados para la conducción de las asambleas plenarias o de las comisiones de dictamen.

En última instancia, lo que ocurre en los partidos políticos es cuestión de régimen interno de estas formaciones que son consideradas por la Constitución como entidades de interés público.

En casos de queja o impugnación, para escucharlas, sedimentarlas y resolverlas están las instancias del Instituto Nacional Electoral o del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, facultadas para poner orden en casa.

Poder constitucional, el del Congreso, para encauzar las disidencias y la conflictividad está su Ley Orgánica, sus reglamentos legislativos y de procedimiento, y otras formas disciplinarias, si de sanciones fuera el caso.

Los poderes fácticos y sus francotiradores

Otro escenario escapa a la gobernabilidad democrática: El de los poderes fácticos, en cuyas troneras se refugian verdaderos francotiradores.

Empleamos el adjetivo anterior porque, aun en los grupos de poder real, que tienen reglas constitutivas y hasta códigos de ética, no es infrecuente que sus asociados se salgan del huacal y rompan la unidad de acción que compromete a sus órganos directivos.

Es evidente, a la luz de diversos episodios poselectorales, que la pluralidad de intereses en ese inatrapable universo está generando sesgadas reacciones que exhiben visibles fracturas, que no se compadecen ni de la defensa propia.

Como sea, en esa vertiente, sujeta eventualmente al derecho privado, se están haciendo sonar los tambores de guerra contra todo lo que se mueve.

Y lo que más se mueve en estas horas son declaraciones, proposiciones, iniciativas y planes de gobierno de la tercera alternancia, que ni siquiera se aproximan a un verdadero cambio de régimen jurídico.

Las imprevisibles y peligrosas consecuencias de la acción socia

¿En dónde estamos parados, pues? ¿En la Política de la sinrazón?

Dos puntos finales para la reflexión: 1) En política, los verdaderos creyentes, los moralistas profundamente comprometidos, están demasiado seguros de lo que es justo para que pueda confiárseles el poder en un mundo complejo en que es casi imposible prever todas las grandes consecuencias de la acción social.

2) Es natural el escepticismo ante el valor de los esfuerzos que pretenden eliminar males sencillamente atacando y socavando sociedades que contienen mucho que es malo.

Se ven movimientos triunfales “que han logrado derrocar sistemas sociales, a menudo a gran costo síquico o físico, tan solo para crear ‘nuevas’ sociedades, al menos tan ‘malas’ como las suprimidas, y frecuentemente peores”.

Esas observaciones son resultados de las investigaciones de los sociólogos norteamericanos Seymour Martin Lipset y Earl Raab sustanciadas en la obra que lleva precisamente el título La política de la sinrazón.

No tienen desperdicio unas líneas finales de las conclusiones de los autores: En suma, las pruebas indican que la población norteamericana (el análisis es para la década de los setenta), sigue siendo muy vulnerable al extremismo político. (En cambio) el sistema político norteamericano es menos vulnerable… pero no infalible.

Medio siglo después, se ha comprobado que el sistema estadunidense no es infalible. Ahí está, en la Casa Blanca, Donald Trump. No estorba, en un país hondamente transculturizado, aprender en cabeza ajena. O… Es cuanto.

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