Voces del Periodista Diario
Opinión

Semáforo en rojo y negro

Por José Luis Avendaño C.

(84 días de confinamiento)

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En 1928, Walter Benjamin (1892-1940), filósofo e historiador de origen alemán, autoexiliado tras el ascenso de Hitler, escribió: Para una teoría del asco, que se aplica a lo que hoy sentimos. 

“No hay nadie libre del asco; sólo es concebible que alguien no se haya topado jamás en su vida con la vista, el olor, el gusto u otra impresión sensorial capaz de provocarle asco. Si tan sólo se conociera con exactitud a la persona, se podría deducir qué animal le suscita más asco a cada quien. Acaso un organismo minúsculo, un bacilo que solamente se ve por el microscopio” (Materiales para un autorretrato. Fondo de Cultura Económica. México. 2017).

Donde dice asco, léase horror, miedo al otro. Ese otro que puede ser desde un virus hasta una persona que hable otra lengua o que tenga otras costumbres… uno diferenteque no piense como tú. De allí a la intolerancia y supresión (no sólo exclusión), sólo hay un paso.

Después de semanas de encierro, existe la sensación de que sólo en este espacio íntimo que es la casa, cerrado, estamos seguros; el peligro, el enemigo –hubo tiempo para inventarlo/revivirlo—, se encuentra en el exterior, allá fuera. Si no, que le pregunten a George Floyd, que seguramente estuvo resguardado, como muchos otros, y que tal vez había salido por primera vez…

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Casi tres meses después de conferencias diarias para mostrarnos la evolución de la pandemia, todavía hay gente que no cree, o que piensa que es un producto de laboratorio, como parte del diferendo entre Estados Unidos y China. No obstante de que el país se haya con el semáforo epidemiológico en rojo, y la recomendación de quedarse en casa, mucha gente siguió o salió a la calle.

En los tiempos más álgidos de la pandemia en México, el 1 de junio se inició la fase de la nueva normalidad, con la característica de que casi la totalidad del país se encuentra en rojo, lo que envió un mensaje contradictorio a la población: sí se puede salir a las calles, pero protegido, con tapabocas. Allí está la policía de Jalisco para recordárnoslo, como a Giovanni López.

Sí, el coronavirus está bajo control, domado, pero todavía ¡quédate en casa! Aún más, cuando el mismo presidente Andrés Manuel López Obrador abandonó ese día su casa, Palacio Nacional, y salió de gira por el sureste del país, sin que nadie le obligue a ponerse tapabocas. Tal vez, protegido por alguna estampita o imbuido por algún espíritu, cree que el virus le hace lo que el viento a Juárez

Puesto que el periodo de incubación es de alrededor de 14 días, no será sino hasta mediados de mes y lo que resta de junio, cuando se vea si, en efecto, hay la expectativa de que pasemos a otro color (naranja o amarillo), hasta llegar al verde. Entre tanto, al 3 de junio, el número de infectados sumó más de cien mil y el de muertes, más de diez mil.

Frente a señales cruzadas entre López O (presidente) y López-G (subsecretario de Salud), la gente sale a la calle, con o sin protección (sin cubrebocas es un delito en algunos lugares), y con tal de no molestar a fin de que, a su vez, no lo molesten, el presidente deja hacer a gobernadores. En tal ambiente, el miedo se desplaza, de ser contagiado por el virus a perder el empleo y no tener dinero, para darle de comer a su familia. Crudo instinto de sobrevivencia.

López Obrador se mira optimista, luego de comparar las cifras de muertes por la pandemia, con otros países, aunque las condiciones no sean iguales, al tiempo que asegura que los daños a nuestra economía no son tantos, y dice que a partir del próximo mes de julio, comenzará la recuperación. “Es mi pronóstico”; su esperanza. Y critica el pesimismo/realismo de otras voces, que piensan de forma diferente, así sean de su equipo de trabajo y entre quienes apoyan o critican la 4T.

Nos lleva a mediados del siglo XIX, cuando la división entre liberales y conservadores desembocó en la guerra de Reforma y la Intervención Francesa, junto con sendas prácticas de desarrollo capitalista, en beneficio de un tercer país: Estados Unidos y su proyecto hegemónico: América para los americanos. Hoy, en esta hora de las definiciones, debemos decidirnos entre dos sopas: o eres liberal o eres conservador. El presidente hubiera planteado una división más radical: entre capitalistas y anticapitalistas

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En Estados Unidos reina una ya supuesta normalidad, todavía existe gente que piensa que “la situación está empeorando”, Es la conclusión de trabajadores que atienden a casas-hogar para ancianos, que laboran en condiciones precarias. Su salario medio es de 29 mil 640 dólares anuales, apenas por encima de la línea de pobreza nacional que, para una familia de cuatro miembros, es de 26 mil 200 dólares al año (Time, 6/4/2020).

En medio de la pandemia, que ha cobrado en EU más de cien mil muertes, al presidente Donald Trump lo alcanzó la ira popular. A raíz del asesinato por asfixia de George Floyd, el 25 de mayo, a manos de un policía en la ciudad de Minneapolis, se desató una oleada de indignación, por lo que es un acto puro de racismo. En vez de condenar la acción, atizó el fuego y amenazó con lanzar a la Guardia Nacional contra los manifestantes, que llegaron hasta la Casa Blanca.

Lo que exacerbó los ánimos fue que agitó una Biblia, muy de acuerdo a como se ve él mismo como presidente de la ley y el orden, como si con ella Trump quisiera exterminar a sus críticos y enemigos, que descubrió que no sólo son los chinos. De ahí la operación: Ley Divina y Orden, en la capital, Washington, D. C. Una franca expresión de neofascismo, que no debiera sorprender en esta república imperial, como llamó a Estados Unidos, el escritor Gore Vidal. Un moderno Nerón, que es Trump, según el diario español Público (1/6/2020).

 “El asesinato de George Floyd es normal dentro de una sociedad anormal” (Peoples Dispatch, 6/3/2020). Es el más reciente acto de una larga cadena de crímenes contra personas desarmadas de origen afroamericano por parte de las fuerzas policiacas, observa la comisionada de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, Michelle Bachelet.

En una carta dirigida al presidente Trump, fechada el 3 de junio, la Sección Mexicana de la Coalición Trinacional en Defensa de la Educación Pública, después de condenar el asesinato de Floyd, subrayan: “Ante la emergencia sanitaria por la pandemia del COVID-19 y la crisis económica, las medidas autoritarias y violatorias de derechos humanos en contra de su pueblo lejos de contribuir a resolver las penurias de la sociedad estadounidense las agudizan”.

Inseguridad, violencia, corrupción, impunidad, aspectos que trascienden sociedades, encierros y pandemias. La conclusión es obvia: “Necesitamos terminar con la cultura de la impunidad” (Los Angeles Times, 6/6/2020).

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“Seguimos perseguidos por nuestro pecado original”, afirma el cantante de folk rock Bruce Springteen (Rolling Stone, 6/3/2020).

A partir de su llegada, en 1600 a bordo del Mayflower, los pioneros, los primeros colonos ingleses, desplazaron, mejor dicho, despojaron a los pueblos originarios de sus tierras (acto endulzado por el Día de Acción de Gracias, Thansgiving Day), que luego necesitaron sustituir con esclavos secuestrados de África, para sus plantaciones de algodón y tabaco. El tráfico de esclavos se volvió un negocio altamente lucrativo, en el que participó la reina Isabel I; y la esclavitud fue uno de los mecanismos del proceso de acumulación originaria del capital.

William Carlos Williams nos recuerda que “en muchas familias cada niño tenía su propio esclavo particular; los grandes caballeros mantenían casi abiertamente a sus concubinas” (En la raíz de América. Turner/Fondo de Cultura Económica. España. 2002). Al respecto, Eduardo Galeano nos habla de Sally, esclava negra, que tuvo hijos con Thomas Jefferson, “Cuando Jefferson enviudó, fueron suyos los bienes de su mujer. Entre otras propiedades heredó a Sally”.

Jefferson fue el redactor del Acta de Independencia y tercer presidente de Estados Unidos, cuyos primeros ciudadanos debían tener tres requisitos: ser  hombres, blancos y propietarios. “Sabemos que (TJ) tenía fundadas sospechas de que los negros son inferiores a los blancos en los dones naturales del cuerpo y de la mente, y que siempre expresó su gran aversión a la mezcla de sangre blanca y sangre negra, que le resultaba moralmente repugnante” (Mujeres. Siglo XX editores. México. 2015).

De Jefferson (o antes, desde Washington) a Trump existe una línea de continuidad entre racismo, discriminación y explotación –hoy bajo un modelo neocolonial—, sobre la que se construye Estados Unidos. Es conocido el hecho que el sistema de justicia castiga la pobreza y el color. Trump se revela como el exponente más visible de la supremacía blanca.

Después de la Guerra Civil, la población negra alcanzaría, formalmente, su emancipación con Lincoln, que significó liberar mano de obra hacia el Norte industrial en detrimento del Sur agrícola. Cien años después, en la década de los sesenta del siglo XX, Martin Luther King Jr. encabezó el movimiento de los derechos civiles

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Hay de represiones a represiones, según el régimen y las circunstancias. The Washington Post recuerda la de la Plaza Tiananmen, en Pekín, el 3 de junio de 1989, Bloody Sunday (Domingo Sangriento) hace 31 años, contra estudiantes universitarios por parte de las fuerzas del orden, que exigían reformas liberales. ¿Quién no recuerda la fotografía de un estudiante de pie frente a un tanque chino?

Un año después, Playboy recoge las declaraciones de Trump, magnate inmobiliario, en apoyo de la represión del gobierno chino, que muestra “el poder de la fuerza”. En cambio, “nuestro país (EU) se muestra débil”. Bajo esta lógica de fuerza, el presidente Trump le da permiso a la policía y al Ejército, permiso para matar a los inconformes (The Atlantic, 6/4/2020). Muchos habitantes en EU sufrirán una probadita de lo que padecen en otras partes, pues no hay guerra en el mundo en que Estados Unidos no se halle involucrado o haya apoyado (a cualquiera de las partes), siempre en su beneficio, que finalmente es el beneficio del capital corporativo.

En un reportaje del 3 de junio, The Washington Post compara la represión de entonces con la de la Plaza Lafayette, afuera de la Casa Blanca, por órdenes de Trump, contra los que protestaban por la muerte de George Floyd. Hoy, China, con sus reformas, más económicas, de mercado, que políticas, democráticas, es el principal competidor comercial de Estados Unidos.

La muerte de George Floyd es el corolario de una situación de desigualdad, pues como observa Noam Chomsky, sobre los estragos de la pandemia: “Las más afectadas son las comunidades de bajos ingresos y las personas de color”. El título de la entrevista al connotado lingüista y crítico social, nacido en Filadelfia en 1928, retoma parte de una frase del fascista Francisco Franco, de 1936, y que el presidente Trump ha adoptado en su camino a la reelección: Viva Death! (¡Viva la Muerte!).

La represión desatada en EU hace que se hable de una militarización de la policía, en la que la prensa –la libertad de expresión y el derecho a la información— ha sido una más de las víctimas, y que sólo es parte de una violencia estructural (Monthly Review, 6/7/2020).

Allí queda, como contraste, la imagen de Justin Trudeau, primer ministro de Canadá, en una marcha en Ottawa, el 5 de junio, con una rodilla en tierra, durante casi nueve minutos y tapabocas negro, en homenaje a George Floyd.

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