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Sobre un compromiso y un aniversario

La Piedra en el Zapato

Por Abraham García Ibarra

No he de callar por más que con el dedo/ ya tocando la boca o ya la frente/ silencio avises o amenaces miedo. ¿No ha de haber un espíritu valiente? ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?

Esa especie de jura de un compromiso para el ejercicio del oficio periodístico nos la impusimos hace más de medio siglo. La tomamos de un poema de Francisco de Quevedo.

“Con Quevedo surge el problema de si hubo o no Renacimiento en España. En cuanto a mi toca, soy de los que no creen en el Renacimiento español”, afirma el pensador americanista don Germán Arciniegas. Nacido en Colombia en 1900, recorrió todo el siglo para morir en 1999. Nos legó su obra, Entre la libertad y el miedo.

Se canta en los campos, se predica en tabernas, se relata en familia

De Quevedo, dice el ensayista y periodista, su literatura se oye cantar en los campos, predicar en las tabernas cuando se alegran con vino o aguardiente los espíritus; se relata en ruedo familiar cuando hay horas de expansión y regocijo, sin que nadie sepa quién fue el inventor de las coplas o las gracias. Indios de Sudamérica, que nada saben de autores, que recibieron el bautizo de la lengua sin confirmación del alfabeto, recitan las letrillas del madrileño.

Desde que nacieron las prosas y los versos de Quevedo, por patrimonio de España se tuvieron. Luego, desde Madrid, hasta Santiago de Chile, desde Sevilla hasta la Ciudad de México, han venido repitiéndose sus anécdotas y máximas morales, sus desenfados y sonetos, casi más por tradición oral que en alas de papel…. escribe Arciniegas.

Tradición oral, sin embargo, su fuente seminal ha sido el libro impreso.

Desaparecerán escritores, correctores,  librerías y bibliotecas

El pensador colombiano comparte créditos con don Alfonso Reyes, Francisco Romero, Federico de Onís y Ricardo Baeza, miembros del Comité de Selección de la colección de Clásicos que debemos al sello editorial W.M. Jackson, Inc.. Por nuestra parte atesoramos la edición de 1963.

(De don Alfonso Reyes nos queda la nostalgia de La Ciudad más transparente, que alguna vez fue la Ciudad de México.)

Precisamente, a don Germán Arciniegas correspondió el estudio preliminar de las obras de Francisco de Quevedo de esa colección.

“Atesoramos”, conjugamos el verbo porque -como lo consignamos en entrega de la semana pasada- ya existe la sentencia de un intelectual mexicano que nos informa que los escritores, los correctores, las librerías y las bibliotecas, están condenados a desaparecer en aras del libro electrónico.

Recordamos en dicha entrega Fahrenheit 451, del galardonado escritor y novelista estadunidense Ray Bradbury. El título nos recuerda el grado en que el fuego quema el papel, misión que retoman algunos estupendos gorilas colorados (Rubén Darío dixit), que en el vecino país reproducen los usos y costumbres fascistas.

La democratización cultural, obra del Fondo de Cultura Económica

Volvemos al alucinante tema, habida cuenta que el pasado domingo, en La Jornada Semanal (8-IX-2019), Antonio Soria nos relata Una cita en el Fondo.

Se trata de los primeros 85 años de existencia y fecunda producción del Fondo de Cultura Económica (FCE), fundado en 1934 a iniciativa del historiador Daniel Cosío Villegas, bajo los auspicios del Estado mexicano.

El FCE, según la crónica de Soria, nació aquí, a la vuelta, en el número 32 de la avenida Madero, del Centro Histórico de la Ciudad de México.

Seis años más tarde, y compartiendo sede con la Casa de España, de seguro como consecuencia directa del exilio español, muchos de cuyos miembros, tan pronto llegaron a México, formaron parte activa de las nacientes labores de la editorial, el Fondo se mudó al Paseo de la Reforma. Ahora la sede está en las faldas del Ajusco.

(No estorba recordar que el exilio español que motivado por la bárbara irrupción armada del franquismo contra la República.)

El adjetivo “Económica”, dice el autor de la crónica, no alude la accesibilidad en el precio de sus publicaciones, sino al origen de la que, sin lugar a dudas, es actualmente la casa editorial más relevante en el mundo hispánico.

Empero, igual que la Colección Popular y los Breviarios, entre otras colecciones, las Lecturas Mexicanas democratizaron, en el mejor de los sentidos, el acceso a publicaciones dignas, útiles, necesarias, de jubilosa posesión, imposible o duramente alcanzable en otras circunstancias.

Diez mil títulos del FCE tenemos en los estantes mexicanos

Con un catálogo bibliográfico que rebasa los 10 mil títulos, hoy en día el FCE, tanto en México como en todo el mundo de habla hispana, tiene una enorme presencia física y virtual que lo convierte en uno de los sellos editoriales más relevantes a nivel internacional, se lee en el sumario de presentación de la crónica extractada.

Diez mil títulos. Uno se imagina qué banquete más suculento para los incineradores de libros impresos en papel.

“Señor Excelentísimo, mi llanto/ ya no consiente márgenes ni orillas/ inundación será la de mi canto”. Lo dejó escrito sobre papel Francisco de Quevedo. Su paisano, don José Ortega y Gasset nos dejó la advertencia: La palabra es un sacramento de muy delicada administración. Es cuanto.

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