Voces del Periodista Diario
Opinión Rodolfo Ondarza Rovira

Troles, bots y otras quimeras como problemas de salud pública y mental

Por Rodolfo Ondarza *

Troles, bots y otras quimeras enferman a la sociedad, distorsionando la realidad, afectando las emociones, confundiendo, conduciendo a decisiones impulsivas, precipitando y agravando enfermedades orgánicas como hipertensión, cardiopatías, etc.

Estos engendros de la web son un claro problema de salud pública al afectar a millones de seres humanos en su salud mental y física. Esto es particularmente cierto en un momento crucial, como el actual para México y para sus habitantes cuando padecemos la pandemia de COVID-19. La desinformación, el caos creado, el llamado a desobedecer las indicaciones de las autoridades sanitarias para contener y mitigar el daño por la infección es criminal.

La web y las redes sociales son un universo paralelo. Son un espejo de la sociedad, entrar a su mundo puede ser entrar a la casa de los espejos, en donde cada imagen es una distorsión representativa de quienes manejan dichas cuentas digitales y de la realidad sobre la que inciden.

Las cuentas digitales pueden estar manejadas por personas de ambos géneros, la gran mayoría de de estas cuentas son manejadas  desde el anonimato, por autores de diferentes condiciones socioeconómicas y culturales, con diferentes grados de preparación académica.

No es fácil encontrar una definición universal sobre lo que son los bots y los troles.

Un bot (aféresis de robot) es un software que sirve para comunicarse con el usuario, imitando un comportamiento humano, son creados para brindar un servicio al usuario, son los bots “buenos”, por ejemplo la aplicación “siri”. Se le llama bot también a una página digital que contiene una identidad falsa, incluso una que puede suplantar sin que el usurario real lo sepa, que simula ser usada manualmente por un ser humano y es manejado por su creador con fines oscuros, esos son los bots “perversos”.

Desde una granja de bots es posible enviar mensajes repetitivos en correos electrónicos, sistemas de mensajería o redes sociales transmitiendo noticias falsas rápidamente y a gran escala; pudiendo superar velozmente información fidedigna y real realizada por usuarios de carne y hueso. Se ha señalado que en una campaña política pueden encontrarse aproximadamente 26% de “bots”; hasta un 15% de las cuentas que hay en Twitter son bots, según un estudio de la Universidad de Indiana (Onur Varol, et al, 2017).

Y ojo, los bots no crean información propia, la comparten de otras cuentas, por lo que su contenido es diferente al de las cuentas reales, también carecen de contactos.

Son una verdadera amenaza.

En mi experiencia en muchas ocasiones utilizan como fotografía de su perfil la de mujeres atractivas, inventan títulos académicos, usan imágenes religiosas, emplean camuflaje político haciendo creer que son aliados ideológicos, no sólo los hay los hay provocadores, existen también alabadores que se autocontestan para hacer creer a otros que la víctima es quien posee una granja de bots, en muchos casos las cuentas son de reciente creación, etc.

Lo que buscan es la imposición de una idea, distraer a los usuarios reales, crear caos y conflictos, dividir, infligir daño y desprestigio, causar miedo, sembrar duda, desconcierto y  pánico.

Un trol (del noruego troll) es una persona con identidad desconocida en internet que publica mensajes con la principal intención de generar con dolo, y de forma acosadora, una respuesta emocional negativa en los lectores teniendo total indiferencia a las sensibilidades, logrando que los mismos usuarios se enfaden y se enfrenten entre sí. Es decir, pretenden causar un daño psicológico. De acuerdo con la Universidad de Indiana son una comunidad en aumento.

Los troles, al perder su personalidad real, muestran más claramente su deficiente autoestima, su acción en el anonimato, y el la seguridad de la lejanía los desinhibe, y exhibe su cobardía, particularmente cuando actúan de manera tribal, manifestando una violencia que en persona, y de manera particular no ejercerían. Intentan compensar su baja autoestima humillando, ridiculizando, ejerciendo hipercrítica sin argumentos, destruyendo. Los troles buscan la atención que en la vida real no tienen manera de conseguir.

En su vida real usualmente se trata de personas intolerantes, inseguras, con carencias emocionales, con altos grados de impulsividad, y tendencia a ser manipuladores, racistas, sádicos con disfrute de la crueldad, narcisistas o con fuertes rasgos psicopáticos.

¿A qué persona con una estructura mental normal puede divertir o entretener el acosar a otro, o incluso en esta época de pandemia poner de alguna forma la vida de su víctima en peligro?.

De acuerdo con Tom Postmes, profesor de psicología social y organizacional en las universidades de Exeter y Gronigen, Países Bajos, las consecuencias emocionales negativas en otros, que provocan sus aciones disruptivas, les causan a ellos una sensación de placer.

Una “tribu” de troles está dirigida por un líder con diferentes seguidores. Es una pandilla donde cada individuo, por sí mismo, no tendría el valor de actuar independientemente, se trata de individuos que en forma personal tendrían otro comportamiento, pero que al actuar en grupo se transforman en una masa incapaz de razonar, su colectividad elimina valores universales y les transfiere la comodidad de la cobardía.

Estos personajes requieren de un reconocimiento y aceptación que no obtienen de otra manera, venden la máxima capacidad del ser humano que es el razocinio por seguir las indicaciones del líder a quien no se atreven a cuestionar. No cuentan con pensamiento propio, repiten absurdas consignas, no analizan. Son, a la vez, manipulables y manipuladores.

Se trata de la versión digital de aquellos que tomando ventaja de una multitud, convertida en horda, pueden realizar un linchamiento siguiendo un simple rumor; o de esos encapuchados, cubiertos de anonimato, que son capaces de violencia y de salvaje vandalismo.

El líder de troles, o el creador de bots, usualmente es un personaje narcisista patológico o sociópata, incluso un psicópata.

Al igual que sus seguidores posee una baja autoestima, no sabe amarse a sí mismo, ni a quienes lo rodean, goza al tener el aplauso de sus seguidores, encuentra reflectores en la destrucción y siente placer en el enojo que causa a su víctima, en el daño al prestigio de su víctima que ocasiona al al minimizarlo, disfruta el ofenderlo, recibe placer al generar una reacción individual o en cadena.

Muchos de estos líderes de troles y creadores de bots son personajes insensibles, no son solidarios ni empáticos con otro ser humano, no lo son con la sociedad, ni siquiera con sus seguidores. Su cobardía se disfraza y se empodera al distorsionar su propia realidad, presentándose públicamente como alguien feliz, al que le va bien en la vida, como gente exitosa.

En realidad, por lo general, es todo lo contrario, son individuos con miedo, mienten, han sido tratados mal, muchas veces con una historia de vida triste y gris, una gran cantidad de ellos con una infancia en la que sufrieron.

¿Cómo podría vivir uno de estos personajes siendo insultados decenas de veces al día como respuesta a sus ataques?. ¿Qué mentalidad puede tener alguien dispuesto a emitir insultos constantes semana tras semana a quienes que no conocen, es más, que disfrutan con ello?. La respuesta es que se trata de personas con trastornos de personalidad sin sentimientos de culpa, a quienes nada importa la opinión ni los sentimientos ajenos, narcisistas, sociópatas o psicópatas.

Por otro lado se encuentran los “influencers”, youtubers, artistas, “comunicólogos”, deportistas, que convertidos en opinólogos difunden noticias falsas, tergiversadas o verdades a medias, cuyo impacto es alto en quienes no se informan de fuentes apropiadas. Actividades carentes de ética alguna, negligentes e irresponsables, actores maquiavélicos. Mientras que el destino de una persona, de una familia, incluso su vida, dependen de la forma correcta en la que le llegue la información, ellos la distorsionan vendiéndose al mejor postor.

Las noticias falsas encuentran un buen sitio para florecer en aquellos que basan su proceder en un sistema de creencias, en pseudoconocimiento vinculado a emociones y a prejuicios. Se creerá más fácilmente en algo, aunque sea incorrecto si se ajusta a las creencias previas y no a evidencias.

También tenemos que considerar el efecto Dunning-Kruger. Los investigadores David Dunning  y Justin Kruger de la Universidad de Cornell notaron que cuanto mayor era la incompetencia de la persona, menos consciente era de ella. Paradójicamente, las personas más competentes y capaces solían infravalorar sus competencias y conocimientos, a eso se le denomina efecto Dunning-Kruger. Este efecto explica porque existe gente que opina sobre todo lo que escucha sin poseer conocimiento alguno del tema, creyendo que sabe mucho más que los demás, intentando además imponer su pensamiento.

La razón por la que se presenta esta percepción irreal es debida a que para hacer algo bien, debemos tener un mínimo de habilidades y competencias que nos permitan estimar  cuál será nuestro desempeño en la tarea.

Por otra parte, viviendo en una sociedad enferma y narcisista en la que poco se valora el talento, la cultura, y el conocimiento reales, sino la imagen irreal, las vías fáciles y superfluas, el efecto Dunning-Kruger se manifiesta con mucha frecuencia.

Así que en las redes sociales pululan personas fácilmente influenciables, víctimas de ellos mismos y de los diferentes “influencers”.

Círculo vicioso, puesto que estas personas, a su vez, pretenderán defender una idea, a capa y espada, sin poseer argumentos racionales y lógicos.

Como bien dice Alice Poma, investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM: la cultura emocional del neoliberalismo fluctúa entre el miedo y el narcisismo.

Así “el sistema neoliberal nos ha educado para admirar a las personas exitosas económicamente, depreciar los estratos sociales más bajos, culpar a otros individuos por lo que no funciona, tener miedo al expresar nuestro descontento o vergüenza al compartir nuestro sentir. Estas reglas se manifiestan en nuestras prácticas cotidianas como la intolerancia hacia el otro, la necesidad de autoridad y la negación de las problemáticas como la pobreza, la desigualdad, la violencia de género, el racismo. El mensaje que se repite incesantemente es que vivimos en el mejor sistema posible…cultura individualista, basada en la sospecha, en el miedo hacia lo diverso, en la culpa siempre direccionada hacia otros individuos, en el deprecio a la vida humana y no humana, en la felicidad medida en bienes de consumo y visibilidad social, es necesario construir un mundo donde la compasión, la solidaridad, el respeto sean hacia todos los seres vivientes humanos y no humanos, y donde la culpa, la rabia, la indignación sean hacia quienes priorizan la riqueza y el crecimiento económico por encima de la vida”.

Es por ello que existe desamor en tiempos de pandemia. Cuando que sólo una cultura emocionalmente solidaria está destinada a tener éxito en el desarrollo, en el crecimiento, y en la supervivencia como especie.

Una sociedad enfermada por la corrupción y el capitalismo salvaje libera al pandemónium digital.

Las acciones de todos estos agentes transmisores, actuando en medios y redes sociales de día y de noche, generan en sus víctimas fuertes cambios emocionales tales como angustia, miedo, pánico, desconfianza, ideas paranoides, exacerban patologías mentales pre existentes, provocan ansiedad, depresión; sus ataques originan  enfermedades psicosomáticas manifestándose como enfermedades en la piel, colitis, gastritis, inmunodepresión, etc.

La principal razón de la existencia de troles, bots y otras quimeras es la política sucia y el pago que reciben por ser comparsas de ello. Se trata de herramientas que fomentan la continuidad de la corrupción y de la impunidad. Es interesante observar que los operadores de más bajo nivel ejecutan tareas que perjudican a sus familias y a ellos mismos, con la misma magnitud que a la sociedad misma a la que atropellan. Aspiran a un ascenso dentro del sistema de corrupción que ellos mismos ayudan a fomentar.

Son brigadas, cuerpos especiales en la Guerra Híbrida, que cuentan con francotiradores agazapados desde la web. En la actualidad realizan ataques cibernéticos que afectan la salud de la población.

Cada minuto se realizan más de 3,5 millones de búsquedas en Google, se producen 900.000 accesos a Facebook y se envían 156 millones de emails.

La consultora Gartner recoge en su informe “Predicciones tecnológicas para el 2018” que en 2022 la mayoría de los países occidentales consumirán más información falsa que noticias reales.

El impacto que alcanzan estos perniciosos agente es muy alto. Verificado 2018, la plataforma dedicada a “desmentir con información rigurosa y confirmada” a las llamadas “fake news” señala que “El poder de difusión que suman las cinco páginas con más contenido falso alcanza los 1.8 millones de seguidores”.

Un ejemplo de los usos políticos de todos estos gérmenes digitales y mediáticos lo tenemos con la denominada Operación Berlin, realizada de 2017 a 2018 con el fin de desprestigiar al entonces candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, ideada por empresarios y pseudo intelectuales. Ahora la desinformación, también con fines políticos emplea a la pandemia causada por el nuevo coronavirus.

En esta pandemia, estos gérmenes mediáticos e informáticos pueden crear igualmente pensamientos de negación que conducen a conductas peligrosas para ellos mismos y para sus víctimas, pudiendo multiplicarse a causa de ellos los contagios por COVID-19.

Por otra parte, dado que la definición de salud de la Organización Mundial de la Salud (OMS) incluye no únicamente las esferas mental y física de las personas, sino también la social, y ya que estos bichos digitales alteran la salud mental de la sociedad, su armonía y estabilidad, podemos considerar que troles, bots, quienes los manejan, y quienes crean noticias falsas o fake news, trastocan globalmente a la salud. Pocos son los agentes patógenos tan dañinos al ser humano.

La misma OMS crea un neologismo, “infodemia”, para designar a la desinformación frente a la Medicina, la información falsa y tóxica que se difunde rápidamente entre la población generando división y falta de colaboración; todo ello en perjuicio de la salud humana.

Aquí no aplica el que se escuden en la libertad de expresión, que tanto defendemos. La razón es que inciden dañinamente en la salud de terceros. Su agresión y violencia, su desinformación entra en los hogares de 125 millones de personas en nuestro país, teniendo un mejor caldo de cultivo en los grupos de mayor vulnerabilidad cultural y educativa, pero en realidad en todos.

Además dejan sus páginas virtuales para entrar directamente en las páginas digitales de otros violando así su privacidad y el derecho a la libertad de expresión de otras personas, agrediendo directamente a otros, junto a sus contactos lectores digitales, afectando a una gran cantidad de personas.

Podemos considerar a estos entes digitales y a quienes se encuentran atrás de ellos como entidades patógenas, que afectan de manera deletérea la salud de millones de personas.

No hay nada peor para estas personas, troles, bots o para quien los dirige, sean pagados o no que la indiferencia.

Nada puede ser más deletéreo para ellos que el ser ignorados, eliminados o bloqueados por un usuario de redes sociales.

Quitarles su razón de existir, abandonarlos en su universo paralelo, enviarlos de regreso a su granja termina de tajo con dicha plaga mental.

Hago un respetuoso llamado a la Secretaría de Salud para que estos entes y quimeras digitales sean considerados como un problema de salud pública, por los daños a la salud mental, física y social, que con dolo realizan en contra de la población.

Asimismo, extiendo este llamado a las autoridades judiciales para que tomen acciones al respecto en beneficio de la población.

*Rodolfo Ondarza. Neurocirujano. Activista en derechos humanos. Ex presidente de la Comisión de Salud de la ALDF, VI Legislatura.

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