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Votos sí; no a las balas

Voces del Director
Desde Filomeno Mata 8
Por Mouris Salloum George (*)

El mero día de los Santos Inocentes, fue asesinado en Jalisco el diputado Saúl Galindo Plazola. Había fungido como presidente de la Comisión de Justicia del Congreso estatal.
No deja de ser una ironía: Legislar para la Justicia y sucumbir en manos de los malosos, con independencia de cuáles fueron sus iniciativas que le dieran algún renombre; salvo ahora que pasa a ser una estadística más.
No siendo el primero en la larga lista entre las víctimas directas o de los “daños colaterales”, lo que ese crimen revela es que -se trate de un delito por móviles personales o de tintes políticos- no hay en México representación que salve del destino manifiesto.
Dos ingredientes merecen subrayarse de ese suceso: 1) La investidura no exime del riesgo de exterminio, y 2) El crimen se da en un crispado clima al que abona irreflexivamente la nula voluntad conciliatoria de los beligerantes por la sucesión presidencial de 2018.
Tiempos en que se blasona la transición democrática, sin embargo actos de esa naturaleza nos retrotraen a la época de los veinte en que las campañas presidenciales se dirimían a balazos.
No estorba recordar que cuando, en plena campaña, fue ejecutado Luis Donaldo Colosio en 1994, algunas voces acusaron que, si el gobierno no jaló el gatillo, sí exacerbó el clima político auspicioso a ese morboso desenlace.
Si en estos días es evidente que los árbitros electorales carecen de autoridad real para poner orden en casa, un factor observado por los analistas políticos es que la institucionalidad política está perturbada por lo que caracterizan como la ruptura de la unidad de mando, depositada histórica y constitucionalmente en el jefe del Ejecutivo.
Esa es la gran cuestión en nuestro régimen presidencialista: El mito de que “el Tlatoani todo lo puede”, ha caído hecho astillas y los actores en pugna por el relevo no obedecen a más leyes que las que dictan sus propias ambiciones personales.
La atmósfera actual reedita el denso ambiente previo al de 2006, en que el discurso de campaña tuvo como detonadores la guerra sucia y la cacería de “peligros para México”.
En el mismo partido del gobierno, el PRI, la operación cicatriz no encuentra el cirujano capaz de saturar resentimientos: Como le ocurrió a Colosio en su hora, de José Antonio Meade se empieza a filtrar la idea de que “su campaña no levanta”.
Incitaciones espontáneas o deliberadas, son dardos directos al espíritu popular, al que se predispone para aceptar como fatalidad todo aquello que escape al cauce de la legalidad.
Si la pregunta es, ¿dónde está el piloto?, la respuesta pasa por la obviedad: El piloto se fue de vacaciones de fin de año.
Es momento en que una cabeza lúcida debiera advertir que la formación de poderes públicos, sobre todo del poder presidencial, debe pasar por los votos, no por las balas.
Esa es la única opción civilizatoria. Otra, es la barbarie. La Republica no la merece… ni la acepta.
*Director General del Club de Periodistas de México, A.C.

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