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Aunque no se crea: Tenemos una Academia de la Lengua

La Piedra en el Zapato

Por Abraham García Ibarra

 

Viejos oficiantes del periodismo, producto del sistema caliente de la industria editorial, sin embargo de vez en vez se acercan a nuestro cubículo algunos pasantes de la carrera de Comunicación Social en periodo de formación de su tesis profesional.

Invariablemente, los dos temas de interés que preocupan a esos jóvenes, son la violencia criminal contra periodistas, comunicadores y defensores de los Derechos Humanos, y las relaciones Estado-Medios.

Encendidas las grabadoras o los móviles para registrar la encuesta, sinceramente de buena fe nos adelantamos con una pregunta referida a los grandes defensores y practicantes de la Libertad de Prensa del siglo XIX y principios del XX, empezando de cajón con los nombres de Guillermo Prieto, Francisco Zarco o Ignacio Ramírez.

En la segunda pregunta nominamos a algunos personajes de la cultura mexicana, a saber: Joaquín García Icazbalceta, Antonio del Valle Arizpe, José López Portillo y Rojas, Alejandro Quijano, Erasmo Catellanos Quinto, Concepción Company Company, Ramón Xirau, Silvio Zavala, Diego Valadés Ríos, Jaime Labastida Ochoa…

Salvo el apellido de López Portillo, por recientes razones obvias, del resto ni hablar.

Existieron y existen defensores del idioma español

La selección de aquellos nombres no es accidental: Sus obras nos relatan parte de la Historia de México del siglo XIX, algunos firman títulos de la novela revolucionaria, la mayoría ejerció o ejerce la Academia; otros, la política o la administración pública, y no pocos aparecen aún con créditos editoriales en medios periodísticos impresos o son consultados por medios electrónicos.

El denominador común que vincula a esos intelectuales mexicanos, es su apasionada y acerada defensa del idioma español. La última tentativa oficial con este propósito la detectamos en México hacia la segunda mitad de la década de los setenta, antes de que la conversación familiar, vecinal o social y el discurso público fueran secuestrados por la ingobernable industria digital.

Para decirlo pronto, los nombres listados en el cuarto párrafo de estas notas, fueron o son ocupantes de una de las 36 sillas de la Academia Mexicana de la Lengua Española.

La Dichosa Palabra, como para acreditar un doctorado

Por asociación de ideas, no omitiremos que, en cuanta oportunidad se nos presenta, seguimos con intención de aprendizaje la barra electrónica trasmitida cada fin de semana bajo el título La dichosa palabra; toda una cátedra, no sólo de la ciencia lingüística, sino de Historia y Filosofía universales.

Merecen renglón aparte sus creadores y conductores (Canal 22 ahora): Laura García Arroyo, Germán Ortega Chávez, Eduardo Casar González y Pablo Boullosa Velázquez.

Nos quedamos en que, dada la vocación de aquellos jóvenes estudiantes, embarcados en las teorías de la comunicación, a veces nos atrevemos a recomendar algunos títulos impresos en español de nuestras editoriales, desde las más competitivas comercialmente, hasta aquellas modestas de originales razones sociales de corto tiraje, pero de larga sabiduría.

Por hoy, dejamos el teclado en paz, no vayamos caer en la tentación y la prisión de los Facebook, Twitter, YouTube, Email, Google, Whats App, o, peor aún, algo que se presenta como Badoo y nos invita a compartir a alguna rubia de categoría quinceañera; quién sabe si una moruna. Es cuanto.

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