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La Historia, ¿maestra de la vida?

EL LECHO DE PROCUSTO Por: Abraham García Ibarra

 

No fue un Búho de Minerva (José López Portillo dixit) el que anunció los presagios. Fue un hombre de carne y hueso; sobre todo, de mucho cerebro. Actuaba con el corazón caliente, pero con la nuca fría.

En una ocasión, el visionario echó la vista atrás. Recordó a don Justo Sierra: “Nuestro sistema político ha sido un obstáculo constante para el progreso social de México”.

Citó también a Francisco G. Cosme, quien rezongaba del prurito de leyes, derechos e ideas y postulaba una “dictadura regeneradora”: El ensayo de “un poco de tiranía honrada”.

En la práctica, dedujo nuestro personaje, “ni fue un poco, ni fue honrada”.

Hablaba nuestro vidente del positivismo decimonónico. Los nombres citados, son los de dos prominentes Científicos que acompañaron a Porfirio Díaz en la larga noche de la dictadura.

Y diagnosticó nuestro personaje: “El porfirismo cayó por lo que él suponía no existía: Pueblo. Hubo pueblo en las masas que lograron conciliar intereses para luchar por la Independencia; hubo pueblo para resistir a las invasiones externas y fue el pueblo que hizo que  México resurgiera frente a la Intervención.

Fueron clases distintas, capas diversas con móviles diferentes, obedeciendo a múltiples intereses, las que sustentaron la contienda de Independencia; las que hicieron posible la derrota de la Intervención; aquéllas en que se apoyó esa Revolución que surgió casi al mismo tiempo en el sur, en el centro, en el este y oeste del país; fuerzas dispersas, no organizadas, que actuaron sincronizadamente y dieron cariz nacional a nuestra Revolución…”.

Leerlo bien, los que denuncian todo movimiento social como mera expresión de vandalismo.

Propuso nuestro personaje: “En estos momentos, una advertencia se impone: Si la Historia nos revela los estragos de los científicos, que pensaban que había leyes fijas para el desarrollo del país y que únicamente ellos las conocían; de aquellos que creyeron que debían de instaurar una dictadura regeneradora para un pueblo que ellos, con sus leyes fijas, veían como degenerado…

Por lo dicho: “No queremos, ni debemos favorecer cualquier neocientificismo que, sintiéndose oráculo de viejas o nuevas leyes fijas predeterminadas del desarrollo de México, tengan pretensiones de gobernar. Entre otras, por esta razón nos oponemos al intento de erigir a la tecnocracia como pretendido nuevo poder”.

Tecnocracia a la mexicana, ni de fonógrafo sirve

La tecnocracia a la mexicana ha sido incapaz de gobernar con ideas propias; opera como fonógrafo de designios extranjeros y, a la hora de la acción, ni siquiera se aproxima a la eficacia de Los científicos que le dieron larga vida a la dictadura de don Porfirio.

Si los tecnócratas a la mexicana ven Pueblo, lo ven para arrojarle las migajas con la Cruzada Nacional contra el Hambre; sobras de la monstruosa corrupción.

A la vista del crispado espectáculo de estos días, de sublevación social (motín, lo anuncian las bien engrasadas  bocas de ganso), uno desearía que el grupo dominante le diera un repaso a la Historia nacional. Deseo imposible de ver cumplido.

No se demanda al economista y filósofo Enrique Ochoa Reza, formado en universidad extranjera, que se preocupe por sacar rendimientos políticos de la lectura de la Historia mexicana, asignatura indispensable para quien dirige el partido del gobierno: El PRI.

Se le recomendaría únicamente leer en los signos de la realidad actual. Y podría empezar por leer el profético mensaje de don Jesús Reyes Heroles dirigido al pleno de la Séptima Asamblea Nacional del Partido Revolucionario Institucional el 19 de octubre de 1972.

Octubre 19: No es una fecha cualquiera. Ese día, en diferente año, murieron Plutarco Elías Calles, fundador del Partido Nacional Revolucionario (PNR) y Lázaro Cárdenas del Río, quien transformó el PNR en Partido de la Revolución Mexicana (PRM); abuelo y padre del PRI.

No sería mal ejercicio ese tipo de lecturas ahora que los tres Poderes de la Unión del Peñismo organizan fastos para, el próximo 5 de febrero, echar la última paletada de tierra sobre el cadáver de la Constitución de 1917. A la que no dejaron llegar a su centenario. Es cuanto.

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