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“Venceréis, pero no convenceréis”

EL LECHO DE PROCUSTO Por: Abraham García Ibarra

Los corruptos ladrones brasileños. Esos son Dilma Rousseff y Lula da Silva, a los que no aprecian los intelectuales mutantes mexicanos.

Gordo asqueroso asesino. Ese es el presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro, al que no quiere la canciller mexicana Claudia Ruiz Salinas.

Infelices güevones buenos para nada. Esos son los maestros a los que no ama el secretario de Educación Pública, Aurelio Nuño Mayer.

Sembradores de odio, culpables de la polarización social y política de los mexicanos.  Esos son los luchadores sociales o militantes políticos que no están inscritos en la “izquierda moderna, políticamente correcta”. En fin…

Pura Libertad de Expresión, sí, pero selectiva, aunque en algunos medios electrónicos se repita todo el día que “aquí todo mundo tiene derecho a opinar”.

El populismo de derechas

En términos sociológicos a la usanza norteamericana, las manifestaciones verbales transcritas corresponden al populismo de derechas, que académicos liberales del país vecino tipifican como fascismo.

En esta temporada electoral, en la que la marca de la casa es la guerra sucia primada por la propaganda negra, las descalificaciones están a la orden del día.

Pero los beligerantes electorales están expuestos a sanción en los términos que establece el régimen jurídico que norma la lucha de los contrarios.

Las citas con las que iniciamos estas líneas, son expectoraciones de locutores que están plenamente identificados como bocas de ganso del gobierno.

Sospechosamente, el blanco de aquellas expresiones no son los brutales agentes del crimen organizado. Son adjetivaciones aplicadas a gobernantes o dirigentes activos en la  política, lo que implica posiciones de un orden ideológico desnaturalizado.

En los viejos tiempos de la política mexicana, se decía que los hombres del poder se conducían, según los usos y costumbres, con “suavidad y maña”. Algunos de esos protagonistas eran conocidos como chuchas cuereras.

Se trataba de no exacerbar innecesariamente la reacción de los adversarios ni de sonsacar gratuitamente el ánimo popular.

Por supuesto, entonces no eran sólo las chuchas cuereras. Hombres de poder los hubo de reconocidas prendas intelectuales que fundaban su discurso público en macizas confecciones conceptuales expuestas a la polémica con los líderes de la oposición, que los había también con probado equipaje cultural.

De los tecnócratas que tomaron por asalto el poder político desde la década de los ochenta, es la arrogancia y la infalibilidad. Contra quien no se traga las ruedas de molino, se empezó a invocar “toda la fuerza del Estado”. Y la aplican a rajatablas.

Lo dijo don Miguel de Unamuno en célebre ocasión: Venceréis, pero no convenceréis, porque  por carecer de la fuerza de la razón, se apela a la “razón” de la fuerza.

Puestos en el ruedo ibérico, recordemos a Juan Huarte de San Juan cuando advertía que no hay peor peligro para la República que “un necio con opinión de sabio,”; peor aún si ejerce responsabilidades de Estado.

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