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Imperativo: la inteligencia al poder

 

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Desde Filomeno Mata 8

Por Mouris Salloum George (*)

Sin atropellarse frente a las cámaras de televisión, heroicos y muchas veces anónimos segmentos de la sociedad civil mexicana han dictado, de cara al drama nacional, su declaración de principios: Primero, su fe en el humanismo comunitario.

Como en 1985 en la Ciudad de México, los ejércitos civiles que encarnan el poder ciudadano se ensamblaron sus arreos y la mañana misma del 8 de septiembre, no pocas veces con sus solidarias manos como única herramienta de auxilio, estaban presentes ya en los sitios de la tragedia.

El intrínseco valor de esa reacción multitudinaria radica en  la espontaneidad que, sin pasar por la deliberación sobre la seguridad propia, saca lo mejor del ser humano.

La auxiliadora y benemérita obra se ha reproducido sin solución de continuidad en los territorios del Antiguo Anáhuac a partir del 19 de septiembre en que, en diferente grado y medida, la Naturaleza descargó su ingobernable furia sobre el conjunto social.

Si la consigna del 68, ¡La inteligencia al poder! parecía pasada de moda en el tránsito de la “generación X” y sobre la pesadumbre de Los ninis,  la energía juvenil se demostró, otra vez, apta para el relevo generacional en México, no como un acto de simple catarsis, sino como voluntad firme, productiva y sostenida.

Los luminosos e iluminantes destellos de los espíritus jóvenes exhibieron y opacaron la modorra de las almas viejas que, detentadoras del poder público y económico, es hora de que todavía no encuentran la brújula para darle cauce sensato y constructivo a los reclamos de una sociedad expuesta a la incertidumbre y la desolación en este momento de verdad.

Ya revolotean sobre las ruinas los buitres de “la reconstrucción”

Sobre el heroísmo de niña factura de los jóvenes mexicanos medran ahora los intereses de “los mayores” que, juiciosamente, se atrincheraron en la retaguardia de las brigadas que, sin esperar nada a cambio, lo han dado todo a su alcance para mitigar luto y el dolor de cientos de miles de familias que han perdido a sus seres queridos y su seguridad patrimonial.

Ni en los vistosos chalecos ni en los carteles preventivos de esas mozas brigadas hemos visto números de cuentas bancarias para que los compatriotas depositen su solidaridad en efectivo, promovidas en no pocos casos por los propietarios de los bancos, aplicados desde ya a la ingeniería financiera para “administrar” el socorro.

Entre el torrente de palabras de los “servidores del Estado” no hemos, visto hasta hoy, la instrucción a los agentes del Ministerio Público para que abran causa penal a funcionarios estatales o delegacionales de la Ciudad de México, cuya complicidad con los corporativos de la construcción y la especulación inmobiliaria es un factor que originó y potenció la descomunal devastación humana y física.

¡Vaya! ni la discreción es uno de los atributos al alcance de esos criminales de cuello blanco. Nomás hay que ver cómo han arrimado su sardina al fogón poniéndose “a disposición” del atolondrado gobierno para ofrecer sus servicios a fin de hacer los peritajes sobre los edificios convertidos en escombros, certificar la habitabilidad de aquellos que quedaron  tambaleantes y, por supuesto, hacer fila para participar en los nuevos contratos de reconstrucción.

Acaso entre los socios de la Cámara Mexicana de la Industria de la Construcción se encuentren aquellos que levantaron los paraísos de tentación con ingeniería y materiales de utilería, que colapsaron al primer sacudimiento desencadenado por la Naturaleza.

Acaso el membrete citado forme parte de las comunidades de hombres de negocios que tan bien se entienden con los hombres del Estado a cuyo cargo corre la contratación de obras y servicios públicos, que no se compadecen de la alteración de presupuestos originales ni de las especificaciones técnicas a que  obliga toda licitación; si es que esta licitación no se hizo por invitación.

Las visiblemente fatigadas brigadas juveniles no dan por cumplida su misión hasta que rescaten, viva o muerta, a la última víctima propiciatoria de cada catástrofe.

Pero ya aparecen en la trágica escena aquellos próceres de la iniciativa privada dictando códigos de ética a los representantes del gobierno que tendrán en sus manos los presupuestos extraordinarios para la reconstrucción.

Es el caso, por ejemplo, del Consejo Coordinador Empresarial, conocido entre “la clase” como cúpula de cúpulas del sector empresarial.

El presidente en turno de esa asociación, Juan Pablo Castañón acaba de dictar el catecismo a los señores del gobierno. La reconstrucción, exigió, debe ser rápida, de calidad y libre de corrupción.

“Rápida”, intuimos, porque a los hombres del poder político en turno se les acaba dentro de trece meses. “De calidad”, porque seguramente quienes la certificarán son los propios contratistas particulares. “Libre de corrupción”, sospechamos, por que el declarante conoce el paño de las relaciones gubernamentales.

Nos quedamos, para no amargar la vocación humanitaria de los jóvenes mexicanos, con la ingenua confianza de que los bragados conductores del Estado no incurrirán en la misma liberalidad y negligencia a la hora de acometer las acciones que pongan, de veras, a México en pie. La sociedad civil lo reclama y las víctimas se lo merecen. Nada hay que justifique encimar crimen sobre crimen.

(*) Director General del Club de Periodistas de México

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