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Síndromes de la “locura americana”

La Piedra en el Zapato

Por Abraham García Ibarra

El 30 de marzo de 1981, el ya senil presidente Ronald Reagan sufrió un atentado con arma de fuego que le perforó un pulmón. Su atacante, el joven John Winkley jr. fue diagnosticado de obsesión erotomaníaca -estaba enamorado de una actriz de cine-, fue declarado inocente y confinado en un hospital siquiátrico. Recuperó su libertad en 2016.

En esas horas de incertidumbre clínica y política, el secretario de Estado, Alexander Haig estuvo a punto de dar un golpe de timón en el Salón Oval, provechando que el vicepresidente George H. W. Bush estaba en vuelo de Texas a Washington.

Ya en la Casa Blanca, el alucinado secuaz de la Asociación Nacional de Amigos del Rifle, Donald Trump, declaró públicamente: Podría dispararle a la gente en la Quinta Avenida y eso no me quitaría el sueño. A’ pa “bromita”.

Actitudes varias de ciudadanos estadunidenses para ponerse a pensar, si se sabe que en Washington reside y manda la mayor potencia militar del mundo, incluyendo, sobre el poder de fuego, el botón nuclear.

Bush padre vomitó sobre el Primer Ministro japonés

No estorba recordar que el presidente Herbert Hoover (1929-1933) solía tener como prevención de seguridad en la Casa Blanca a sus dos hambrientos cocodrilos favoritos.

El propio Bush padre fue grotesca imagen mundial cuando, en 1992, vomitó sobre el primer ministro japonés Kichli Miyazawa. Su hijo, el también Presidente, George W. fue conocido como El renacido, en mérito a su tratamiento de desintoxicación de drogas y alcohol a los que fue adicto desde sus mocedades.

Las élites gringas son todo lo que no podemos ser

De 2008 -año de lo que algunos analistas tipificaron como de la Segunda Gran Depresión en los Estados Unidos- es un censo de Psychiatric Service que reconoce ocho millones 300 mil casos de trastornos mentales graves. Es la cifra de sólo aquellas personas que acudieron a asistencia médica.

En el censo y clasificación que las instituciones siquiátricas estadunidenses hacen sobre ese problema de Salud Pública, se concluye que la mayoría de los pacientes son de familias blancas.

En el historial que registra el incremento de las enfermedades mentales, casualmente se toma el periodo de 1945-1959, entre el fin de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Corea.

Una de las explicaciones, es que los individuos de esa generación sentían que sus expectativas de vida eran peores que las de sus padres.

Precisamente a mitad de los cincuenta, el sociólogo tejano Wright C. Mills lanzó al público su obra La élite del poder, sus tres divisiones: La económica, la política y la militar.

Sostiene Mills que los encumbrados en esas élites no se sienten obligados hacia ninguna comunidad (“inferior”), ni necesitan satisfacer exigencias; las crean en alguna parte y hacen que otros las satisfagan.

En la obra y sus análisis se cita a Jacobo Beerckhardt, quien disecciona a los “grandes hombres” y afirma que la mayoría de los estadunidenses dice de sus élites: Son todo aquello que no puedo ser.

Ese tono melancólico exhibe las entrañas de la democracia en los Estados Unidos.

Millones víctimas del síndrome posguerra

Volviendo al estado emocional de la sociedad estadunidense (libros y películas hablan de La locura americana), nos remitimos a los traumas posguerra. Los soldados que los padecieron después de la guerra de Corea, eran confinados en discretos hospitales campestres distantes de las comunidades urbanas.

Después de las guerras de Vietnam (1955-1975), Líbano (1982-1984), El Salvador (1980-1992), Golfo Pérsico (1990-1991), Somalia (1992-1994), Haití (1994-1996), Bosnia (1995-2004) y Kosovo (1999), después Afganistán e Irak, la mayor parte de los soldados retornados que no fueron readmitidos al activo, ha permanecido al aire libre.

Los síndromes de esa población pasaron, de los provocados por las adicciones al alcohol y las drogas, a las alucinaciones bélicas, con un componente potenciador: El delirante sentimiento de patria burlado, en la mentalidad de esos desquiciados, por su clase dirigente.

Del terrorismo de Estado al terrorismo interior

Con George W. Bush -después de los atentados de 2001- se dio por inaugurado lo que académicos estadunidenses codifican como Terrorismo de Estado. En años posteriores, ya empezó a hablarse de terrorismo interior.

En el recuento de los frecuentes atentados, particularmente en instituciones escolares, los especialistas que ligan algunos de ellos a la xenofobia, encuentran un incremento de 87 por ciento tras las incesantes expresiones racistas de Donald Trump.

No por sabido, puede evitarse recordar que Trump ha puesto en la mira a hispanos, especialmente mexicanos, y musulmanes.

Ya, en 1942, en el marco de la Segunda Guerra Mundial, en medio de la paranoia, el gobierno de los Estados Unidos envió a más de 120 mil japoneses-norteamericanos a campos de concentración en territorio interior. Y eso que seguimos satanizando a Hitler.

No hay suficientes siquiatras ni camisas de fuerza

La misma descripción puede aplicarse a la política antiinmigrantes de Trump: Miles de familias mexicanas y centroamericanas están siendo refundidas en reservaciones militarizadas, en muchos casos separando a los hijos de sus padres.

En las mismas condiciones, deportando a muchas de esas familias para que el gobierno mexicano se haga cargo de su suerte. El resultado es: Crisis humanitaria.

Criminal y complejo asunto que no puede enfrentarse con discursos complacientes, porque no tenemos suficientes siquiatras ni camisas de fuerza para encontrarle la cuadratura al círculo. Es cuanto.

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