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El PRIvilegio de mandar

El lecho de Procusto

Por Abraham García Ibarra

Ese fue el título de una picante serie televisiva de hace poco más de diez años. Pero, mucho antes, el canadiense filósofo de la Comunicación, Marshall McLuhan había establecido que, el privilegio de los que se pretenden grandes, es no pensar.

Del guanajuatense Jorge Ibargüengoitia recordamos su parodia político-literaria Maten al león, cuya trama se desarrolla en la imaginaria república de Arepa. Ahí dice el satírico escritor que el pavorreal, mientras más despliega ostentoso su bello plumaje, más muestra su ano.

De otro guanajuatense, Vicente Fox Quesada, su madre, doña Mercedes Quesada de Fox -cuando su hijo andaba en campaña por la grande– declaró públicamente: “No creo que sea Presidente, no lo visualizo que llegue. No creo”.

Del inolvidable -y de obligada lectura- Gabriel García Márquez, es la novela El otoño del patriarca. Reproduce aquí el Nobel colombiano una especie de lamento de la madre del dictador: Si hubiera sabido que mi hijo iba a ser presidente, lo hubiera mandado a la escuela.

A partir de 2000, los mexicanos han tenido tres presidentes de la República: El citado guanajuatense, Fox Quesada; el michoacano, Felipe Calderón y el mexiquense Enrique Peña Nieto. México semeja hoy la República de Arepa, grotesco escenario de la novela de Ibargüengoitia, pero ¡a lo bestia!

Miguel Ángel Mancera toma la Ciudad de México

Cuando tecleamos estas líneas, no estamos en condición de saber si el canciller Luis Videgaray Caso ha consultado al Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas mexicanas sobre la posibilidad de hacer regresar a México a los militares enviados a misiones de paz allende la frontera.

Dado que esos misioneros mexicanos han sido enviados a teatros de guerra caliente en el extranjero, serían los más aptos para responder a un eventual llamado de colaboración de Donald Trump, ahora que el inquilino de la Casa Blanca ha anunciado su propósito de actuar militarmente para poner orden en la casa venezolana.

Recuérdese que, hace apenas cuatro meses, ante comisiones de El Capitolio, los jefes de los Comandos norte y sur norteamericanos expusieron  que tenían reservado a México un papel especial en tareas regionales. Ya se sabe cual es la posición de Washington de cara a la maquinada crisis política de Venezuela.

Lo que si nos consta, es que esta mañana el Centro Histórico de la Ciudad de México amaneció ocupado por tropas granaderas al mando del jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera Espinosa, que conculcaron de facto los derechos de manifestación y de libre tránsito, consagrados por la Constitución general; que la de la CDMX está en proceso de revisión en instancias jurisdiccionales.

Ocurren esas maniobras de disuasión casualmente cuando se ha instalado en Washington la primera ronda de renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

Todo indica que existen intereses mexicanos que no confían en las habilidades de los “experimentados” delegados nacionales en ese intríngulis. Los hombres de negocios domésticos, por ejemplo, han instalado lo que llaman cuarto de lado en la sede de las primeras pláticas.

Guajardo: Sólo los temas de mayor nivel de nobleza

El jefe de la delegación mexicana, secretario de Economía Ildefonso Guajardo, ha dejado en claro que en las mesas que se realizan con funcionarios y empresarios de los otros países parte del TLCAN, se buscan “puntos en común” para la ronda que en septiembre tendrá lugar en México.

Dice Guajardo: Se detectan aquellos temas de mayor nivel de nobleza (sic) y beneficio común de los tres países. De “nobleza”, es el término empleado por el secretario de Economía mexicano-

Una acotación para ubicar el sentido semántico de la expresión de Guajardo. Se lo debemos a la Madre Academia. Nobleza: Clase de individuo que, por su nacimiento o por merced del soberano, o por haberlos comprado, gozan de ciertos privilegios o poseen títulos que los distinguen de otros ciudadanos.

Para Guajardo, pues, en el nivel de nobleza no encajan los intereses de la clase trabajadora mexicana. Puntual y textual: La política salarial corresponde a un esquema interno de diálogo y construcción de consensos entre los actores en México

El tema de la exclusión de la mano de obra mexicana en los Estados Unidos en la orden del día de la renegociación del TLCAN, ya había sido insinuado semanas antes, cuando se supo que la delegación mexicana no metería más ruido en el asunto de la reforma migratoria que desde hace tres sexenios se ha exigido desde aquí con la folclórica estampa de la enchilada completa.

El secreto de 1993 ya es del dominio público

En cambio, ya es del dominio público que México se abrió a la agenda en el capítulo de Energía (dicho con más propiedad, el de los hidrocarburos. Esto es, el del petróleo).

En ese capítulo si se observa una relativa novedad. Según consta en los archivos de la biblioteca de El Capitolio estadunidense, entre 1992 y 1993 el asunto de los hidrocarburos fue metido de contrabando por Carlos Salinas de Gortari.

La narrativa cuenta que algunos legisladores norteamericanos hicieron hincapié en el régimen constitucional mexicano (artículo 27) que definía los recursos del subsuelo como propiedad de la Nación. Esos cautelosos legisladores fueron persuadidos con el poderoso argumento de que “los presidentes mexicanos, según convenga, son duchos en eso de buscarle atajos a la Constitución”.

A estas alturas del partido, esos tortuosos rodeos ya no son necesarios gracias a la Reforma Energética. Las cartas están desde hace tiempo sobre la mesa y sólo basta con que los inversionistas extranjeros quieran tomarlas, exhiban sus capitales y tienen alfombra roja en México. Todo, sin despeinarse.

El negociador gringo vela por sus compatriotas

A propósito de “cartas sobre la mesa”: Los Estados Unidos tienen una mano de puros ases: El representante estadunidense ante el TLCAN, Robert Lighthizer lo dijo en estos términos: El TLCAN le ha fallado a muchos americanos. Los números son claros. El gobierno de los Estados Unidos ha certificado al menos 700 mil americanos que han perdido sus empleos por los cambios de ley que resultaron del TLCAN. Mucha gente cree que el número es mayor que eso.

En 1993, México y Estados Unidos experimentaban un comercio balanceado. Pero desde entonces hemos tenido déficits persistentes.

La ministra de Relaciones Exteriores de Canadá, Crystia Freeland, acude a la cita en Washington con alto grado de optimismo: “El TLCAN es el proyecto más grande de comercio de Norteamérica. La economía de Canadá ha crecido 2.1 por ciento anualmente gracias al acuerdo”. (Acuerdo fue el estatuto internacional de 1993; lo de “tratado” se acuñó después).

Durmiendo al lado de un elefante

La señora Freeland forma parte del gabinete del canadiense Justin Trudeau. Sólo como cápsula cultural, conviene decir que Justin es hijo del ex primer ministro Pierre Trudeau, conocido por sus compatriotas como el refundador de Canadá.

Justin debe tener presente, en la actual circunstancia, que su padre se refirió a la fatalidad geográfica afirmando que ser vecino de los Estados Unidos es como dormir al lado de un elefante. Cualquier día, se puede amanecer aplastado.

No es para menos, Donald Trump, pésele a quien le pese, es depositario de la soberanía imperial. Canadá tiene manera de defenderse. Asegura la señora Freeland que su país compra más a Estados Unidos que China, Reino Unido y Japón juntos. Su economía está boyante y su sociedad, ahita.

México, como el pariente pobre

México, en cambio, acude a Washington como  el pariente pobre. Y ya se sabe cómo trata la familia rica al pariente pobre. Seamos realistas: La delegación mexicana ante el TLCAN va en busca, de lo perdido, lo que aparezca. Es cuanto.

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