Voces del Periodista Diario
Gastón Pardo Pérez Opinión

El pensamiento colonial restaurado en España para aplicar un nuevo coloniaje ladrón en América

Mientras Europa ve desintegrar sus “valores” por las inmigraciones desenfrenadas, inventa un derecho a restablecer la explotación de sus antiguas colonias

Por Gastón Pardo Pérez

Liga Comunista 23 de Septiembre

22.08.21
Podríamos decir que todo comenzó el 13 de agosto de 1521, cuando el conquistador cristiano y extremeño Hernán Cortés consiguió la rendición de Tenochtitlan, la capital de los aztecas, en el centro del Estado mexica que más tarde se llamó Nueva España, bautizado así por Cortés, de la cual surge México en el siglo XIX.
En las últimas décadas, la historia acentúa las diferencias culturales en nuestra América “Lapobre”. Tras los impulsos globalizadores que persiguen la unificación de la cultura junto a la uniformización económica y política, corresponden pulsiones centrífugas y reivindicaciones identitarias, entre sistemas y familias, entre Estados, dentro de nuestros Estados.
Sin embargo, permanece el discurso colonial y, sobre todo, la diferencia entre la declamación y los hechos, que acentúa la brecha entre el discurso progresista de respeto a los derechos indígenas y de protección a la Madre Tierra y la expansión continua de las actividades extractivas, mientras se articulan resistencias de los pueblos indígenas y comunidades campesinas frente al despojo de sus territorios.
Cuenta la historia —o la leyenda—, que hace cientos de años repetimos con fruición que Cortés (sólo de apellido) había llegado en noviembre de 1519 y que el emperador Moctezuma lo recibió como si se tratara de la reencarnación del dios Quetazlcoátl.
El 30 de junio de 1520, los españoles fueron expulsados de Tenochtitlán por las fuerzas del tlatoani Cuitláhuac, perdieron su botín de oro y Cortés lloró por esa derrota, de lo que fue llamada la Noche Triste. Más triste para los indígenas, porque los españoles había traído la viruela a América, que diezmó a los aztecas.
Casi un año después Cortés comenzó el asedio de 73 días sobre Tenochtitlán, tras cortar el acceso al agua, hasta la rendición de hace exactos cinco siglos. Cortés sumó a su causa a otros pueblos originarios bajo el denominador común del odio a los aztecas. A 500 años de aquel hecho, VOX, el partido de ultraderecha de España, glorificó la caída de Tenochtitlán: “España logró liberar a millones de personas del régimen sanguinario y de terror de los aztecas”.
En tanto, las comunidades indígenas y zapatistas asentadas y de visita en España organizaron un primer encuentro en Madrid denominado “No Nos Conquistaron”, con motivo de la fecha.
Mientras tanto, López Obrador, habló sobre el aniversario y preguntó: “¿Trajeron civilización a la tierra que Cortés bautizó como la Nueva España? ¿Valieron la pena tantas muertes? ¿Tantos pueblos arrasados, saqueados y quemados? ¿Tantas mujeres violadas? ¿Tantas atrocidades ordenadas por el mismo Cortés? No hay justificación alguna ante tan terrible desgracia. La respuesta es un no, categórico”.
Andrés Manuel López Obrador pidió perdón a las víctimas de la catástrofe originada por la ocupación militar española de Mesoamérica, tras resaltar que la conquista fue un rotundo fracaso por la muerte de millones de personas y señalar que la acumulación primitiva de capital para los propietarios de la “Nueva España” y la corona no fue significativa.
Agregó que la gran lección es que nada justifica imponer por la fuerza a otras naciones o culturas un modelo político, económico, social o religioso en aras del bien de los conquistados o con la excusa de la civilización, y pidió a políticos, monarcas y hombres de Estado no omitir las lecciones de los hechos.
La pregunta obligada es si la matanza de miles de indígenas de Cholula, en el Templo Mayor, en la toma de Tenochtitlán y el asesinato de Moctezuma, Cuauhtémoc y otras autoridades indígenas, trajeron civilización. La respuesta es un no categórico, añadió.
López Obrador interrogó sobre de qué civilización se puede hablar si se pierde la vida de millones de seres humanos y la monarquía dominante no logra en tres siglos de sometimiento recuperar la población que había antes de la ocupación: en 1518 se contaba con 11 millones de habitantes, pero en 1821 quedaban sólo seis millones, dijo.
La inauguración de la maqueta monumental del Templo Mayor en la plancha del Zócalo de la capital mexicana marcó el punto culminante de las conmemoraciones por los 500 años de resistencia indígena, cuyo comienzo se marca con la caída de Tenochtitlán en manos de los conquistadores españoles y sus aliados locales. El derrumbe del imperio mexica, catalizado por la llegada de los europeos al territorio, transformó de manera absoluta e irreversible las vidas de las personas a ambos lados del Atlántico.
El censo de 2010 mostró que existían alrededor de 42 millones de indígenas en América Latina, el ocho por ciento de la población total.
México, Guatemala, Perú, y Bolivia tienen las poblaciones más numerosas, con más del 80 por ciento del total de la región, es decir, 34 millones. Pero los pueblos indígenas continúan enfrentándose a barreras estructurales que limitan su inclusión social y económica.
Constituyen el 14 por ciento de los pobres y el 17 por ciento de los extremadamente pobres de América Latina y aún hoy afrontan grandes desafíos para acceder a servicios básicos y adoptar nuevas tecnologías, ambos aspectos claves en sociedades cada vez más globalizadas. Contrario a la creencia popular, casi la mitad de la población indígena vive en zonas urbanas, pero incluso allí viven en las áreas menos seguras, menos higiénicas y más propensas a desastres que los no indígenas.
Han sido más de cinco siglos de negar o invisibilizar las culturas prehispánicas. Participar de la producción y de la difusión del conocimiento ha sido y es el propósito de la lucha de muchos pueblos indígenas, desde la implementación de una educación intercultural bilingüe hasta la creación de universidades indígenas, apuntando a la reapropiación de prerrogativas usurpadas por el colonialismo.
Lo medular de estas demandas radica en una crítica ontológica a lo que el pensamiento crítico latinoamericano ha calificado como “colonialidad del saber”. La decolonialidad es sinónimo de ‘pensar y hacer’ de manera descolonial y cuestiona o problematiza las historias de poder que emergen de Europa, que subyacen a la lógica de la civilización occidental; es el proceso de emancipación de diferentes fenómenos que el eurocentrismo ha dominado.
La decolonialidad es una respuesta a la relación de dominación directa, política, social y cultural establecida por los europeos, y es una lucha que se mantiene hoy, más de 530 después de la llegada de Colón, cuando “expertos” e “intelectuales” europeos se empeñan en enseñarnos quiénes somos, cómos somos y que nos conviene. El concepto va ligado con la colonialidad/ modernidad, producto de un colonialismo político y geopolítico que se da en el “descubrimiento” de América.
Los tres siglos de dominación colonial tras la Conquista, significaron un genocidio, una catástrofe demográfica para los pueblos originarios, que fueron diezmados por las enfermedades traídas del Viejo Mundo, los vejámenes y tratos inhumanos a los que se les sometió y las jornadas de trabajo esclavo o semiesclavo que se les obligó a realizar, muchas veces en nombre del dios de ellos.
Pero no fue sólo una conquista material. Se trataba de destruir sus identidades al imponerles las creencias religiosas, las costumbres y el modo de producción de los peninsulares.
Y ni hablar de la complejidad reinante en la actual situación internacional, con la crisis del imperialismo norteamericano, cuya decadencia como potencias dominantes se ha acelerado luego de la última invasión a Irak en 2003.
Sería absurdo intentar dar cuenta de todos estos temas, materia de profundos debates desde la época de Marx hasta nuestros días, sólo con estos conceptos básicos elaborados hace largo tiempo y referidos esencialmente al funcionamiento básico de la economía capitalista y a la relación que se establece entre el trabajo asalariado y el capital. Pero más allá de la profundidad y el alcance de los cambios por los que ha pasado la sociedad capitalista hasta nuestros días, en su base, siguen funcionando los mismos mecanismos y Leyes que tan bien exponen los textos que no vacilaremos en presentar.
Podríamos decir que todo comenzó el 13 de agosto de 1521, cuando el conquistador español Hernán Cortés consiguió la rendición de Tenochtitlan, la capital de los aztecas, en ese territorio mexica que luego se llamó México.
En las últimas décadas, la historia acentúa las diferencias culturales en nuestra América “Lapobre”. Tras los impulsos globalizadores que persiguen la unificación de la cultura junto a la uniformización económica y política, correspondieron pulsiones centrífugas y reivindicaciones identitarias, entre sistemas y familias, entre Estados, dentro de nuestros Estados.
Sin embargo, permanece el discurso colonial y, sobre todo, la diferencia entre la declamación y los hechos, que acentúa la brecha entre el discurso progresista de respeto a los derechos indígenas y de protección a la Madre Tierra y la expansión continua de las actividades extractivas, mientras se articulan resistencias de los pueblos indígenas y comunidades campesinas frente al despojo de sus territorios.
Cuenta la historia —o la leyenda—, que hace cientos de años repetimos que Cortés (sólo de apellido) había llegado en noviembre de 1519 y que el emperador Moctezuma lo recibió como si fuera la reencarnación de la deidad Quetazlcoátl. El 30 de junio de 1520, los españoles fueron expulsados de Tenochtitlan por las fuerzas del tlatoani Cuitláhuac, perdieron su botín de oro y Cortés lloró por esa derrota en la llamada Noche Triste. Más triste para los indígenas, porque los españoles había traído la viruela a América, que diezmó a los aztecas.
Casi un año después Cortés comenzó el asedio de 73 días sobre Tenochtitlan, tras cortar el acceso al agua, hasta la rendición de hace exactos cinco siglos. Cortés sumó a su causa a otros pueblos originarios bajo el denominador común del odio a los aztecas.
A 500 años de aquel hecho, VOX, el partido de ultraderecha de España, glorificó la caída de Tenochtitlán: “España logró liberar a millones de personas del régimen sanguinario y de terror de los aztecas”.
Nos “Conquistarán” de nuevo , con motivo de la fecha. Les esperamos.
López Obrador también se refirió al aniversario y consideró: “¿Trajeron civilización a la tierra que Cortés bautizó como la Nueva España? ¿Valieron la pena tantas muertes? ¿Tanto pueblo arrasado, saqueado y quemado? ¿Tantas mujeres violadas? ¿Tantas atrocidades ordenadas por el mismo Cortés? No hay justificación alguna ante tan terrible desgracia. La respuesta es un no, categórico”.
López Obrador pidió perdón a las víctimas de la catástrofe originada por la ocupación militar española de Mesoamérica, tras resaltar que la conquista fue un rotundo fracaso por la muerte de millones de personas y señalar que la acumulación de capital para los propietarios de la nueva España y la corona no fue abundante o significativa.
Agregó que la gran lección es que nada justifica imponer por la fuerza a otras naciones o culturas un modelo político, económico, social o religioso en aras del bien de los conquistados o con la excusa de la civilización, y pidió a políticos, monarcas y hombres de Estado no omitir las lecciones de aquellos hechos.
La pregunta obligada es si la matanza de miles de indígenas de Cholula, en el Templo Mayor, en la toma de Tenochtitlán y los asesinatos de Moctezuma, Cuauhtémoc y otras autoridades indígenas, trajeron civilización. La respuesta es un no categórico, añadió.
López Obrador interrogó sobre de qué civilización se puede hablar si se pierde la vida de millones de seres humanos y la monarquía dominante no logra en tres siglos de sometimiento recuperar la población que había antes de la ocupación: en 1518 se contaba con 11 millones de habitantes, pero en 1821 quedaban sólo seis millones, dijo.
La inauguración de la maqueta monumental del Templo Mayor en la plancha del Zócalo de la capital mexicana marcó el punto culminante de las conmemoraciones por los 500 años de resistencia indígena, cuyo comienzo se marca con la caída de Tenochtitlán en manos de los conquistadores españoles y sus aliados locales. El derrumbe del imperio mexica, catalizado por la llegada de los europeos al territorio, transformó de manera absoluta e irreversible las vidas de las personas a ambos lados del Atlántico.
El censo de 2010 mostró que existían alrededor de 42 millones de indígenas en América Latina, el ocho por ciento de la población total.
México, Guatemala, Perú, y Bolivia tienen las poblaciones más grandes, con más del 80 por ciento del total de la región, es decir, 34 millones. Pero los pueblos indígenas continúan enfrentándose a barreras estructurales que limitan su inclusión social y económica.
Constituyen el 14 por ciento de los pobres y el 17 por ciento de los extremadamente pobres de América Latina y aún hoy enfrentan grandes desafíos para acceder a servicios básicos y adoptar nuevas tecnologías, ambos aspectos claves en sociedades cada vez más globalizadas. Contrario a la creencia popular, casi la mitad de la población indígena vive en zonas urbanas, pero incluso allí viven en las áreasmenos seguras, menos higiénicas y más propensas a desastres que los no indígenas.
Han sido más de cinco siglos de negar o invisibilizar las culturas prehispánicas. Participar de la producción y de la difusión del conocimiento ha sido y es el propósito de la lucha de muchos pueblos indígenas, desde la implementación de una educación intercultural bilingüe hasta la creación de universidades indígenas, apuntando a la reapropiación de prerrogativas usurpadas por el colonialismo.
Lo medular de estas demandas radica en una crítica ontológica a lo que el pensamiento crítico latinoamericano ha calificado de “colonialidad del saber”. La decolonialidad es sinónimo de ‘pensar y hacer’ decolonialmente y cuestiona o problematiza las historias de poder que emergen de Europa, que subyacen a la lógica de la civilización occidental; es el proceso de emancipación de diferentes fenómenos que el eurocentrismo ha dominado.
La decolonialidad es una respuesta a la relación de dominación directa, política, social y cultural establecida por los europeos, y es una lucha que se mantiene hoy, más de 530 después de la llegada de Colón, cuando “expertos” e “intelectuales” europeos insisten en enseñarnos quiénes somos, cómos somos, que nos conviene. El concepto va ligado con la colonialidad /modernidad, producto de un colonialismo político y geopolítico que se da en el “descubrimiento” de América.
Los tres siglos de dominación colonial tras la Conquista, significaron un genocidio, una catástrofe demográfica para los pueblos originarios, que fueron diezmados por las enfermedades traídas del Viejo Mundo, los vejámenes y tratos inhumanos a los que se les sometió y las jornadas de trabajo esclavo o semiesclavo que se les obligó a realizar, muchas veces en nombre del dios de ellos.
Pero no fue sólo una conquista material, sino que se trataba de destruir sus identidades al imponerles las creencias religiosas, las costumbres y el modo de producción de los peninsulares. y ni hablar de la complejidad de la actual situación internacional, con la crisis del imperialismo norteamericano, cuya decadencia como potencia dominantes se ha acelerado luego de la última invasión a Irak en el año 2003.
Hay más: la estructura social racista creada para mantener sojuzgados a los pueblos indígenas durante la Colonia (heredada por las clases dominantes luego de la independencia) constituye la raíz de la pobreza, la marginación y la discriminación que nuestros pueblos padecen hasta hoy, así como del desprecio que hacia ellos siente una parte de nuestras sociedades.
Los pueblos indígenas se opusieron, en general, a los intentos por aniquilar sus culturas, lo que les permitió conservar vivas sus tradiciones pese al empeño asimilador de las autoridades coloniales y eclesiásticas, primero, y del Estado burgués, después.
A los conceptos de Conquista y Colonia se opone el de Resistencia indígena, que refleja la suma de prácticas culturales, comunitarias, políticas y también armadas a través de las cuales los pueblos indígenas se negaron y se niegan a diluir su identidad en aras de un progreso mal entendido como mera acumulación de capital.
A nadie quise ofender, de todas formas, quien se haya sentido ofendido o invisibilizado, desde ya mis disculpas”.
Pero vale la pena recordar que sólo un país en la región, se ha asumido como Estado Plurinacional, y ese es Bolivia, donde el temor radica en el surgimiento de una burocracia indígena, a similitud de la desplegada por los criollos.
Pero esta lucha de los pueblos indígenas por mantener vivos sus saberes y hoy su impronta representa un acervo invaluable para encarar desafíos como la crisis climática y el urgente rediseño de varias instituciones. Sin duda, sigue siendo necesaria una reflexión sincera en torno a la condición actual de los habitantes originarios, e imprescindible a los pueblos indígenas durante la Colonia heredada por las clases dominantes luego de la independencia) constituye la raíz de la pobreza, la marginación y la discriminación que nuestros pueblos padecen hasta hoy, así como del desprecio que hacia ellos siente una parte de nuestras sociedades.
Los pueblos indígenas se opusieron, en general, a los intentos por aniquilar sus culturas, lo que les permitió conservar vivas sus tradiciones pese al empeño asimilador de las autoridades coloniales y eclesiásticas, primero, y del Estado burgués, después.
A los conceptos de Conquista y Colonia se opone el de Resistencia indígena, que refleja la suma de prácticas culturales, comunitarias, políticas y también armadas a través de las cuales los pueblos indígenas se negaron y se niegan a diluir su identidad en aras de un progreso mal entendido como mera acumulación de capital.

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