Voces del Periodista Diario
Abraham García Opinión

No hay nueva normalidad sin soberanía nacional

Sinfonía Telúrica

Por Abraham García Ibarra

Desde que se instaló la tecnocracia neoliberal en México, por su política depredadora de los recursos naturales -entre los que está el hombre- hemos empleado la figura de tierra arrasada como plan de Estado.

No apelamos  a una simple metáfora si, al medir los impactos de la pandemia de moda sobre el espectro social -en cuyo centro está el ser humano- y en el sistema económico nacional, recurrimos al mismo uso, cuidando los límites del tremendismo.

Desde mediados de mayo, escuchamos la proclama de una Nueva normalidad. Tratando de racionalizar su contenido y sus objetivos, nos topamos con un concepto amorfo sobre el que se hace más retórica que diseño realista de futuro.

Adolfo López Mateos relanzó el México que todos soñamos

Nos viene a mente un relato de primera fuente que se nos puso conocimiento como  mera anécdota.

Cuando estaba por ponerse a caballo la sucesión presidencial de 1958, don Adolfo El viejo Ruiz Cortines convocó a su privado en Palacio Nacional a su joven secretario del Trabajo Adolfo El joven López Mateos.

El maduro y ecuánime veracruzano tomó del brazo al siempre jovial mexiquense y lo condujo a la sala de acuerdos frente a un mapa mural de la República mutilada en 1848: Esta es la morada que les queda a los mexicanos. Será su responsabilidad velar por su integridad, preservación y desarrollo soberano.

Así se enteró López Mateos de que sería el próximo Presidente de México: No defraudó la confianza de El viejo. Durante el sexenio siguiente, la Revolución le dio un macizo jalón al patrimonio republicano y lo puso al servicio de los compatriotas, no sólo en la  sede de los tres Poderes de la Unión, sino en las regiones.

López Mateos relanzó la iniciativa educativa y cultural y proyectó la nueva infraestructura física productiva. Dentro del propio Distrito Federal, aparecieron verdaderas ciudades habitacionales. Para situarnos en nuestra Patria chica, en Mazatlán se edificó el gran complejo de vivienda social en la ex huerta de Casa Blanca, que ahora lleva el nombre del ilustre mexiquense.

Técnicos y profesionales mexicanos, los nuevos arquitectos

La fascinante obra estuvo a cargo, en sus diversas expresiones, de técnicos y profesionales de vocación nacionalista formados en la Universidad Pública. Por supuesto,  en el Instituto Politécnico Nacional, en cuya fundación fue factótum el sinaloense Juan de Dios Bátiz Paredes.

Las anteriores líneas nos sirven para rendir tributo a la imaginación y creatividad de los mexicanos que soñaron y colocaron los fundamentos de un México nuevo.

Grandes pensadores soñaron un Estado ideal, pero justo

Cambio de página. ¿Sirve ese expediente para ver reflejada la experiencia nacional en la construcción de la Nueva normalidad? A decir verdad, no lo sabemos.

Lo que sí sabemos, es que la reconstrucción de México -en primer orden- del tejido social roto desde hace cuatro décadas y del sistema no sólo económico, sino político, amerita pensar en grande, tope en lo que tope, como está topando.

No caemos en el delirio provocado por el Covid-19. Sólo recordamos que han existido grandes pensadores que, más allá de la inmediatez, imaginaron una mejor morada terrenal para el hombre de carne u hueso.

En su República, Platón postuló a la vez tanto el Estado ideal, como el Estado justo.

En la fuente platónica abrevó Tomás Moro, quien desde lo hondo de su espíritu propuso la Utopía, elevada aspiración subvertida por Enrique VIII sólo porque el filósofo y político no abjuró de su lealtad al papado romano.

Otra iluminante iniciativa fue La Ciudad del Sol. En la línea de Moro, Tomás Campanella molestó a la Corona española. Sufrió el mismo destino que su mentor.

AMLO recibió una Nación desvertebrada y un Estado damnificado

Utopistas nuestros, Hidalgo y Morelos y la pléyade insurgente. Los constituyentes de 1857 y 1917. La generación de los treinta, que removió desde sus raíces los fundamentos del sistema y diseñó el Estado moderno.

Los constituyentes del 57 recibieron como herencia una república mutilada. Juárez la restauró. Sobre los escombros de la Revolución de 1910, la generación cardenista fincó las bases de la República Social. López Mateo imprimió una nueva dinámica al desarrollo nacional, reanimando el espíritu patrio.

Andrés Manuel López Obrador recibió una Nación desvertebrada y un Estado damnificado. Esa es la vieja normalidad. Para la Nueva normalidad, se requiere convocar a los hombres de pensamiento y de acción. No se precisa importarlos: Están en la Universidad Pública mexicana.

¿Cuál es el primer imperativo para darle cauce y causa a la Nueva normalidad? Creemos que el primer cuadrante de la carta de navegación debe estar marcado con esas palabras: Soberanía nacional. Es cuanto.

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