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Nostalgia por la Presidencia imperial

La Piedra en el Zapato

Por Abraham García Ibarra

Por mero instinto, cualquier enfermo en etapa terminal sabe que todas las horas duelen; la última es la que mata.

Por inexorable fatalidad del sistema métrico sexenal mexicano (la no reelección), a Enrique Peña Nieto le restan sólo escasas 900 horas en la morada presidencial.

Si el Presidente electo, desde su campaña de 2006 anunció que despacharía en Palacio Nacional, queda un tiempo razonable para que Los Pinos sea evacuado con relativa calma para incorporar la casa de los espantos al patrimonio físico del Bosque de Chapultepec.

Amenaza de vudú en el bosque encantado

¿Cómo está eso de los espantos? Cuenta un empleado de la Oficina de la Presidencia hace cinco sexenios, que el inquilino de Los Pinos, deportista desde sus mocedades, si no andaba de gira, se ejercitaba trotando por el bosque.

Un amanecer, su escolta del Estado Mayor Presidencial se enfrenó: En el tótem erguido en una de las “islas” estaba prendida una cabecita calva cargada de agujas y alfileres. Los sabios que fueron consultados concluyeron que era una operación de vudú.

No se supo quién fue el sacerdote que pretendió el embrujo. Por si o por no, según el narrador, la pared del dormitorio presidencial que daba en dirección al tótem fue forrada con aleaciones minerales para interceptar sus eventuales fluidos.

Los privilegios del poder envician

El otro episodio, casi un aquelarre, ocurrió más recientemente. Digamos que hace doce años. Nos recordó entonces cuando, procesada ya la transición presidencial, el Estado Mayor se enfrentó a un delicado problema: La anciana madre del jefe del Ejecutivo se resistía a su lanzamiento del acogedor hospedaje donde, entre otros honores, había recibido el saludo del papa Juan Pablo II.

Hace dos sexenios, las cosas fueron de otro modo: Según la versión que nos proporcionó un infidente empleado de Comunicación Social, a punto de las 24:00 del 30 de noviembre de 2006, se percibió un ajetreo inusual en el despacho presidencial.

Según ese indiscreto testimonio, minutos antes había llegado a Los Pinos Felipe Calderón, acompañado de su Estado Mayor Presidencial (EMP), para exigir le fuera cruzada la banda presidencial el primer minuto del 1 de diciembre.

El michoacano traía la sangre caliente: Andaba nervioso. Sabía de antemano que la Sesión de Congreso General en San Lázaro sería incontrolable por la reacción de los diputados del PRD que no aceptaban la controvertida sentencia de los magistrados del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, que calificaron la elección presidencial de ese año.

Al efecto, un joven y circunspecto edecán del EMP se aprontó con la banda tratada con amoroso cuidado. En un perturbado forcejeo, la seda rodó por los suelos entre los zapatos de los protagonistas. Más bien, entre las botas de uno de ellos: Vicente Fox.

Unas cuantas horas después, el presidente electo llegó a bordo de un  helicóptero que hizo tierra en una explanada de San Lázaro, y fue introducido por su escolta militar por un túnel secreto, improvisado de última hora, hacia la tribuna del pleno de la sesión. Ahí rindió su protesta constitucional.

De lo dicho, se concluye que nada fácil es abandonar las moradas del poder, sobre todo si se ha ejercido una Presidencia imperial. !Qué le vamos a hacer! La Constitución es dura, pero es la Constitución. Es cuanto.

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