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Quedar fuera del gasto público, mortal de necesidad

La Piedra en el Zapato

Por Abraham García Ibarra

Bitácora de un reportero: Antes de arribar a la Ciudad de México en octubre de 1968, ya traíamos en el morral algunas libretas de reportero, por cierto, llenadas con garabatos de taquigrafía.

Habíamos cruzado el Mar de Cortés de Mazatlán a La Paz cuando no navegaban aún los transbordadores. En barco camaronero. Recorrimos de sur a norte la volcánica” Península de Baja California mucho antes de que se construyera la carretera transpeninsular: Pisamos arenas del Desierto del Vizcaíno-Guerrero Negro-La Rumorosa.

Badeando el Golfo de California y el Desierto de Altar, transitamos por los valles de Culiacán, de El Fuerte, Del Mayo, del Yaqui, hasta San Quintín. En el norte de Sinaloa reporteamos a los indios Mayo; en el Sur de Sonora, a los Mayo y Yaqui.

Hacia el sur de Mazatlán, desde la estación Ruiz, Nayarit, escalamos la Meseta del Nayar, solar de los coras, y nos aproximamos a territorio huichol, Jalisco. Costeando, convivimos con las comunidades pesqueras desde el estero de Teacapán, Sinaloa, hasta los límites de Jalisco y Colima.

Los registros del trabajo reporteril están impresos en los Soles de la Cadena García Valseca y en algunos diarios regionales. En 1974 recopilamos aquellos materiales periodísticos en un reportaje largo con formato de libro.

Los alucinantes territorios recorridos después de El Vallejazo

Abandonamos Mazatlán después de El vallejazo de 1958. Aterrizamos en la Ciudad de Puebla. Desde ahí, en varias ocasiones incursionamos por las sierras Mixteca y del Norte de Puebla, aproximándonos a las estribaciones de Las Huastecas.

Desde la Ciudad de México, a partir de 1969, nos desplazamos hacia las selvas, entonces vírgenes, de la Península de Yucatán. Por el norte del país, a la Sierra Tarahumara, con retornos hacia el sur a La Lacandonia. En Oaxaca (y sus Chimalapas) desde la Sierra Zapoteca hasta los humedales costeros.

La mayor parte de los registros reporteriles están contenidos en las páginas de El Día. Tuvimos cabida después en la Casa Editorial Excélsior, se nos dio acogida, en La Jornada y en algunas revistas metropolitanas. Después, en Canal Once y excepcionalmente en Canal 13.

No pretendemos líneas autobiográficas. Lo que intentamos es retomar el ejercicio memorioso sobre trágicos episodios en que perdieron la vida, a sangre y fuego y, en muchos casos el patrimonio familiar, campesinos (ejidatarios y comuneros indígenas), obreros y cooperativistas pesqueros.

Prefiguración de crímenes de Estado: Las muertas de Juárez

Citamos un capítulo especial: En nuestras visitas a los complejos maquiladores de Chihuahua y Tamaulipas, dejamos constancia de la tragedia laboral de mujeres obreras, la mayoría inmigrantes de otros estados norteños.

Hace sentido esta mención, porque de aquellas experiencias destacamos los primeros asesinatos de esas obreras, preferentemente jóvenes, en el municipio de Ciudad Juárez. Por la naturaleza de su intencionalidad -la limpieza social-, nos atrevimos a advertir que se prefiguraban crímenes de Estado. Después, algunas crónicas sensacionales en medios metropolitanos empezaron a hablar de Las muertas de Juárez. Tragedia como oferta de morbo.

No se quiso ver más allá de las barandillas policiacas

En última lectura, de aquel cúmulo de información, producto de trabajo de campo, concluimos que el origen de la violencia en los estados de la República estaba enraizado, desde entonces, en causas socioeconómicas. Desde el centro, el Estado dejaba a los gobernadores y los presidentes municipales a la mano de Dios y de los caciques de cuello percudido y los de cuello blanco.

Desde 1974, complementamos aquellos contenidos con los registros de la violencia criminal, imposible de aislarla, política y sociológicamente, de la causa seminal: La desigualdad en el reparto de la renta de la economía productiva.

En el reportaje largo que aludimos antes, empezamos a dar cuenta del tema del narcotráfico. El centro pretendía procesarlo, para ignorarlo, como tema policiaco, casi de barandilla. Del huevo de la serpiente se produjo una evolución: El bandolerismo pasó a su fase superior: El terrorismo.

Se divisó el Frankenstein cuando ya era imposible controlarlo

Sólo hasta las décadas de los ochenta-noventa, el centro de alarmó: El Frankenstein había alcanzado el rango de asunto de Estado; amenaza para la Seguridad Nacional. La solución ya no estaba en sus manos. No es tremendismo describirlo con tres palabras: Atrapado sin salida. Apenas escapes coyunturales para un fenómeno estructural.

Del doloroso recorrido durante casi medio siglo, nos queda otro aspecto no menos penoso: Los medios metropolitanos sólo se ocuparon de aquellos temas como mero tópico de nota roja.

No había, todavía, sedicentes líderes de opinión. Sin embargo, sensibles columnistas y articulistas trataban en los medios impresos de la Ciudad de México, infructuosamente, de llamar la atención del gobierno central sobre el drama de la sociedad rural, presa de un régimen semifeudal.

En las torres de cristal se cultivaban otras priodidades

Los intelectuales orgánicos tenían otras prioridades: Exaltar las figuras de Mijail Gorbachov, Francos Mitterrand, Felipe González, etcétera, adalides de la pretendida transición democrática y motores del fin de las ideologías, en el que se salían de la partitura, primero, un comandante de la moratoria (de la deuda externa), según lo tipificaron; luego, un comandante bolivariano, para rematar contra un Mesías brasileño.

Trasladados a la condición de intelectuales mutantes, algunos de esos sedicentes líderes, ya cuando la violencia criminal galopaba por todo el territorio nacional, adoptaron el papel de comisarios de medios, promoviendo la autocensura a fin de ocultar el macabro balance de las consecuencias de la demencial declaración de guerra contra el crimen organizado, desencadenada en diciembre de 2006.

Hablan ahora, coléricamente, los que antes callaron, con más frecuencia y potencia en la medida en que los medios electrónicos les han dado el título de oráculos infalibles, incontestables.

Sólo nos queda recordar a un célebre humorista veracruzano, quien sostenía: El último recurso, el trabajo, y su advertencia: Vivir fuera del presupuesto, es un error, dicho sea de paso, sólo una anécdota de tiempos estudiantiles, relatada en una especie de cuento.

Actualizado aquel “apotegma”, bien podría decirse ahora: Quedar fuera de la nómina del gasto publico corriente, es mortal de necesidad. Es cuanto.

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