Voces del Periodista Diario

El fantasma de la anarquía asoma su cabeza

Ruta México

Por Álvaro Aragón Ayala

Pecarían de obstinados aquellos que pretende negar que, desde el mismo periodo de transición presidencial, Andrés Manuel López Obrador convocó a los mexicanos a la reconciliación nacional.

Puesta sobre rieles la cuarta transformación, se ha dado un fenómeno inédito en la historia contemporánea de México: Mientras que segmentos del sector empresarial, que durante dos campañas presidenciales anteriores combatieron la plataforma de gobierno del tabasqueño asisten a la mesa de dialogo, la clase política, arrinconada en una oposición ardida y dispersa, no encuentra la fórmula para armar un frente común de resistencia para la recuperación de espacios de poder perdidos.

No se requiere a Maquiavelo para el “divide y vencerás”

Los partidos políticos con registro nacional se disuelven en su propia salsa sin dar pie con bola en el imperativo de reconstrucción interna para responder a los desafíos electorales del 2021 en que se renuevan 13 gubernaturas y se eligen diputados a la LXV Legislatura federal.

Es tan árido el campo de las oposiciones partidistas, que López Obrador no quita el dedo del renglón para, en 2021, exponer la permanencia en su mandato al través de una consulta popular concurrente en el proceso electoral federal del 21. O en otra fecha.

Un político ilustrado, seguramente el Presidente habrá leído la obra de El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo. No ha tenido necesidad, sin embargo, de aplicar la técnica del divide y vencerás. Por su propia impotencia, la clase política profundiza su división.

Un movimiento electoral no basta al ejercicio del poder

Pero en este análisis a vuelo de pájaro, tenemos otro fenómeno aún más sorprendente: Desde los primeros años del México independiente, los líderes políticos que han ocupado la dirección de gobierno han tenido detrás una corriente política que ha construido una base social de apoyo.

Republicanos o monárquicos, centralistas o federalistas, conservadores o liberales, revolucionarios o reaccionarios, en cada alternancia una formación política o ideológica ha cumplido con su tarea bajo la lógica de, la oposición gobierna oponiéndose.

Si bien en el periodo revolucionario el poder político se ejerció por facciones militares triunfantes, a partir de 1929, en que se fundó el Partido Nacional Revolucionario, surgieron partidos civilistas que se hicieron cargo de la oposición a un poder por un largo periodo hegemónico.

De ello ha resultado que, a partir de 1988, oposiciones históricas de derechas y formaciones emergentes de izquierda, aliadas para la pugna electoral, empezaron a conquistar posiciones de mando que culminaron en la primera alternancia en el poder presidencial en 2000.

De esas estrategias concertadas, se dieron las alternancias presidenciales de 2012 y la de 2018.

No existe “partido de Estado” o “del gobierno”

En 2019 tenemos una situación inusual: No existe, para efectos prácticos, un Partido de Estado; un partido del gobierno o en el gobierno, según usos durante más de dos siglos.

López Obrador llegó a Palacio Nacional catalizando la fuerza electoral unificada al través de un variopinto movimiento social. Este movimiento no logra aún darse una estructura orgánica autónoma y, de momento, no puede codificarse en la tipología de los partidos clásicos o modernos.

Lo que pretendemos concluir, es que el sistema de partidos que se pretendió consolidar en la Gran Reforma Política de 1977-1988 sigue siendo hasta nuestros días una asignatura pendiente.

A López Obrador le ha bastado con el control de los órganos legislativos federales, construidos por el Movimiento que ganó las elecciones generales de 2018, para poner a caballo las primeras reformas transformadoras.

Anclados en la acusación mediática, sin pasar a la acción

Desde sus reductos, las oposiciones partidistas se atrincheran en su denuncia de restauración del presidencialismo personalista (absolutista, lo tipifican mediáticamente en algunos casos), sin obrar en consecuencia.

Desde el punto de vista democrático, esa palpable realidad es una anomalía, sobre todo si la arraigada violencia social institucional ha pasado a la categoría de violencia criminal, que se expresa ya en violencia política.

Es, la situación anterior, la que pone al sistema en su conjunto ante el riesgo de la anarquía. Una vez desencadenado este fenómeno, no puede revertirse en el corto plazo. Sobre aviso, no hay engaño. Al tiempo.

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