Voces del Periodista Diario

Guerra justa y guerra injusta

 

Por Cnl My (R) Gabriel Camilli

En virtud de la primacía del bien común, el que se debe amar y servir y que viene a identificarse con el patriotismo, cada ciudadano está moralmente obligado a promover, mantener y defender todo lo que es debido a la nación en cuanto comunidad política.

Podemos considerar que la voluntad permanente de donación al bien común es la justicia en su más alto grado, y eso se traduce en servicio y amor a la Patria. La Patria es, sin duda, el “lugar donde se ha nacido” de acuerdo con las palabras de Cicerón. Siempre que se entienda la expresión “lugar” como vínculo verdaderamente constitutivo del hombre que lleva consigo su geografía, su paisaje y su espacio. Solo el hombre es capaz de semejante lazo y por eso, solo el hombre tiene Patria.

Es ese todo actual que se compone de una comunidad concertada de personas sustancialmente emparentadas a un territorio. Este último expresa su naturaleza en una lengua determinada, intrínsecamente transmisora de una tradición histórica, cultural y orientada hacia el principal fin del hombre, que es Dios y su soberana voluntad.

En este sentido, el patriotismo es parte de la justicia porque es piedad, como el amor que se tiene a la tierra de los padres, es reconocimiento y amor a la Patria como don, en cuanto se es otorgado junto con la existencia.

GUERRA JUSTA

Por ello, una vez más resaltamos, la donación permanente al bien común se define como justicia y patriotismo. Y específicamente, en el caso de Malvinas, el bien común y la justicia fueron gravemente injuriados, vulnerando así el derecho natural argentino por la usurpación británica de las Islas Malvinas desde 1833.

Es por ello, por lo que moralmente fuimos obligados a recurrir a la guerra justa. Siguiendo las enseñanzas de Santo Tomás (S. Th. II, II, 40:1) al igual que las de San Agustín y toda la tradición, el sabio español y creador del derecho internacional, Francisco de Vitoria (1975) resumió la doctrina diciendo que la causa justa de la guerra es el daño recibido. Y justamente, la causa de una guerra justa es, ante todo, la reparación de un derecho claramente vulnerado, contra el bien común.

Está claro que, si se trata de la reparación de un derecho que ya fue transgredido, como es el caso de Malvinas, la batalla fue esencialmente justa y, de nuestro lado, tiene lugar la búsqueda de una justicia reparadora del daño causado, de una restitución que se debe a la Patria por derecho natural y derecho positivo. De hecho, cuando Inglaterra atacó nuestro derecho efectivamente ejercido sobre las Malvinas e islas del Atlántico Sur usurpando la posesión de ellas, en 1833, cometió un acto de naturaleza tal que podemos decir que continúa hasta este momento atacando a la Argentina segundo a segundo durante más de siglo y medio.

No fue un suceso que desapareció inmediatamente, sino que, por el contrario, continuó y continúa realizándose en contra de nuestra soberanía. No nos hagamos los distraídos ¡La tierra y los mares de la Patria están usurpados! Por eso, Inglaterra puso en 1833 (no ahora) la causa de la guerra justa de parte de La Argentina y, para nosotros, fue la causa motivante en todo momento durante el tiempo transcurrido hasta hoy.

FALACIA TOTAL

En este sentido, la afirmación por parte de diferentes aliados de Inglaterra acerca de que la Argentina es el país agresor porque ha intentado restituir el dominio de las Malvinas y otras islas el 2 de abril de 1982, es una falacia total. Representa un desconocimiento del conjunto de las cosas de forma integral.

Debemos dejar muy claro que cuando se trata de soberanía, renunciar a algo sería renunciar a todo. Podríamos llamarlo un pecado de alta traición. Esto debe quedar definitivamente claro y sobre todo ante tanta confusión e intentos payasescos de quedar bien con los poderosos buscando fórmulas ridículas de “paraguas”, “Winnie-the-Pooh” y demás yerbas…

Con este objeto es importante recordar que hubo por lo menos cinco invasiones inglesas a nuestro país: en 1762, 1806, 1807,1833 y en 1845. El primer intento inglés de invadir nuestro país fue en tiempos del gobernador Cevallos, quien luego sería Virrey del Río de la Plata. Inició cuando en el año 1762 se organizó una flota para capturar Buenos Aires al mando del almirante John Mac Namara. Venía con el “negrero” John Reed, quien estuvo un tiempo traficando esclavos negros en Buenos Aires. Esta era una concesión que Inglaterra tuvo y explotó durante muchos años para introducir y comerciar con negros.

En Río de Janeiro se unen a la expedición barcos portugueses y como Cevallos había tomado Colonia del Sacramento, Mac Namara intentó ocuparla primero y luego atacó Buenos Aires. Fracasó el 24 de diciembre y regresó el 6 de enero de 1763. No lo recibieron los reyes magos, sino los cañones de los defensores que quemaron el buque del almirante. Como conclusión, mueren, entre otros, Mac Namara y Reed culminando de esta manera su trágica aventura.

Luego tuvieron lugar las invasiones de 1806 y 1807 donde el enemigo encontró una derrota aplastante de la mano del injustamente olvidado Santiago Antonio María de Liniers y Bremond. En 1833 sucedió la usurpación de las Islas Malvinas y en 1845, en la Vuelta de Obligado, intentaron nuevamente avasallar nuestra soberanía y chocaron con la altives e hidalguía de los criollos comandados por Juan Manuel de Rosas. Como vemos en la amplia historia, nuestro enemigo siempre se bate en pleitos colonialistas, por tanto, es obvio que la mera conquista y expansión económica generan guerras injustas.

Pero, paradigmáticamente, la agresión y anexión por parte de Inglaterra de territorios en la India, Malasia, África, Europa y América nunca se constituyeron en títulos de guerra legítimos y tampoco confiaron el derecho a la guerra. Por eso vale la pena argumentar que, globalmente, el imperio inglés de los siglos XVIII y XIX se fundó enteramente sobre enfrentamientos injustos.

En este marco general debe ubicarse la usurpación de Malvinas y sus dependencias. Si a estas sumamos, hoy en día, los caracteres destacados por los moralistas como propios de la guerra injusta, a saber, el mero deseo de venganza y las reacciones del orgullo nacional heredado o del prestigio vulnerado, es irrisorio observar cómo Inglaterra consigue alcanzar una rara y nada despreciable situación a nivel mundial.

TITULOS LEGITIMOS

Nos llena de satisfacción, tanto moral como intelectual, tener la evidencia total de un hecho casi incomparable y único en este mundo enloquecido e inestable de hoy y de aquel 1982. Se trata de que la Argentina ha reunido y puede invocar todos los títulos legítimos de una nación que luchó y lucha de manera justa. Nadie quiere la contienda para sí y esta tiene que acabar con la paz.

Si a esto se suma la actitud cristiana de la Argentina, nada más alejado de ella que el odio al enemigo. De esta manera, se entiende que cuando uno está en batalla su espíritu debe estar seguro y protegido. Estos soldados (hombres jóvenes soldados y no chicos de la guerra), hidalgos modernos, afrontaron el peligro y la muerte como acto supremo de donación al bien común de la Patria con espíritu magnánimo y heroico.

Por otra parte, a los elementos de la guerra justa se suman otras implicaciones históricas de una importancia trascendental como no se daba desde 1845. La conciencia cristiana descubridora de Iberoamérica lleva en sí la tradición bíblico-cristiana, así como la tradición griega, latina e ibérica.

Esta tradición se dirige, en primer lugar, al Mediterráneo como vehículo natural desde las tres principales penínsulas (Grecia, Italia, España), por la obra de España al cruzar el Atlántico y convertirlo en un segundo Mediterráneo. Al cabo de este, otra península histórica, la del extremo sur de la América hispana, aparece como heredera junto a toda Iberoamérica de aquella tradición griega, latina, ibérica y cristiana.

Estas naciones, unidas por una fe común, una historia, una cultura y un idioma común, representan un mundo completamente diferente al de los gigantes de este siglo. Sólo esta parte del mundo mutilada, el conjunto de las naciones ibéricas, mantiene la vigencia de una concepción de vida que de ninguna manera es una “síntesis” o una salida intermedia entre las demás, sino algo esencialmente diferente y por qué no, una última esperanza para este mundo desgarrado y en proceso de autodisolución.

UNION IBEROAMERICANA

El acto supremo de la Argentina retomando sus Malvinas aquel glorioso 2 de abril de 1982 frente a los poderosos que quieren desconocer la justicia de su acción, quizás puede abrir la puerta a un futuro de unión Iberoamericana para hacernos más fuertes y, restaurar la Reunificación de la Hispanidad.

Este es el objetivo que se persigue en nuestro próximo 1° Congreso de Reunificación de la Hispanidad, cuya realización tendrá lugar el próximo mayo en la ciudad de Cartagena de Indias, en Colombia. La adhesión de toda Iberoamérica a la gesta de y por Malvinas es muestra evidente de la causa justa de esta pugna que sostiene a la Argentina. Ella ha permitido el afloramiento a la superficie histórica de un mundo cristiano más justo, no coincidente con el de los grandes de hoy y que todos los pueblos iberoamericanos pudieron advertir a través de los hechos que esta lucha puso en evidencia.

Por semejante destino que muchos no pueden percibir, vale la pena luchar y morir.

Oportunamente, nos es necesario un recuerdo a nuestros muertos, militares y civiles, que dieron su vida por la Patria. A estas figuras ejemplares que regaron con su sangre nuestras islas y los gélidos mares sureños, a los héroes que son tan necesarios como los santos para que un pueblo se realice. A las familias, los padres que han quedado sin sus hijos y a los hijos que han caído sin sus padres. A las mujeres que quedaron viudas cuando algunas de ellas recién comenzaban a vivir. A todos ellos y muchos más, honramos profundamente.

CONCIENTIZACION Y EDUCACION

Pero ¿y ahora qué? El resultado de la lucha ha sido adverso para nosotros y resultaría inútil ocultar el profundo dolor que nos provoca. Pero, sería por lo menos absurdo ignorar los beneficios producidos por el hecho mismo de la guerra experimentado, en primer lugar, por los soldados que lucharon con denuedo y heroísmo y que escribieron con su sangre una página brillante de nuestra historia.

Y, sin lugar a duda, un combate vivido también por todos los argentinos cuyos corazones ardían en unidad, encendidos por el amor patrio de una causa nacional y la recta conciencia de esta solemne gesta sostenida contra el usurpador inglés. Hemos sido derrotados, pero no vencidos. Como en 1833, un acto de fuerza nos ha arrebatado lo que sabemos que es nuestro y nos corresponde por derecho.

El resultado adverso de la pelea no cambia los justos títulos que tenemos sobre Malvinas. Antes, por el contrario, han sido rubricados ahora con la sangre derramada, arengados por aquellas inquebrantables voces de ultratumba que aún claman por justicia y por la decidida voluntad de toda la Nación. La Patria ha enriquecido su patrimonio de gloria y honor.

La concientización y educación permanente acerca de estos asuntos es fundamental para mantener nuestra identidad intacta. Desde el Instituto ELEVAN, no los olvidamos e incansablemente, año a año, desarrollamos la Diplomatura Universitaria “Malvinas, Educación y Soberanía” para enseñar a enseñar la Gesta de La Patria, cuya información se encuentra disponible en el portal: www.elevanargentina.com.ar.

Por último, queremos destacar que para este artículo nos hemos inspirado en dos textos publicados en 1982 por el Dr. Alberto Caturelli y el Dr. Bernardino Montejano, a quienes admiramos y seguimos.

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