Voces del Periodista Diario

La Nación no se construye de una vez y para siempre

La Piedra en el Zapato

Por Abraham García Ibarra

Termina octubre y con él la agenda gruesa, conmemorativa del 68. Todo solemnidad y reclamo de justicia y democracia, como hace medio siglo.

Un día de esos tuvo como escenario el campus de la UNAM:  En el Estadio olímpico se encendió de nuevo el pebetero cuya flama pretende simbolizar la juvenil aspiración de paz en la Tierra.

¡Que noble sueño! Si no fuera porque va a hacer seis años que se prometió un México en paz y ya se ve cómo andamos los mexicanos flotando en un pantano de sangre.

Miles de viudas y huérfanos ambulan por todo el territorio nacional abriendo fosas y cementerios clandestinos para encontrar y tratar de identificar los restos de sus seres queridos. La mayor parte de las veces, infructuosamente.

Como sea, octubre nos colocó en la recapitulación de los terribles acontecimientos en la Plaza de las tres culturas, a partir de lo cual se empezó a hablar de un parteaguas histórico en la política mexicana.

De manera presencial o al través de las crónicas periodísticas seguimos los actos conmemorativos, sólo para caer en cuenta de que la mayoría de los eventos estuvo primada por la exaltación del martirologio de las víctimas del 2 de octubre. Pancartas y oradores reprodujeron el clamor: ¡Nunca más!

Por supuesto, nos negamos a restarle valor humano al drama del 2 de octubre, que en los discursos se asoció invariablemente a los trágicos episodios de junio de 1971, pero en ambos casos los odiosos hechos se presentaron aislados del acontecer nacional previo.

Antecedentes históricos de la guerra sucia

Somos de aquellos que ven la Historia, no como un montón de retazos inconexos, sino como un largo y sostenido proceso que se condensa en la expresión de Gracián, en el sentido de que la construcción de una Nación, es el plebiscito de todos los días.

Aun antes del 2 de octubre de 1968, es posible documentar lo que después se ha dado en llamar la Guerra sucia del Estado contra sus detractores retóricos y adversarios en acción.

Sólo para situarnos en el periodo en que el Partido Revolucionario Institucional empezó a detentar el poder presidencial a partir de 1946, tenemos memoria de las primeras feroces operaciones represivas de los movimientos sociales encabezados por la clase trabajadora.

Valentín Campa, Demetrio Vallejo, Rubén Jaramillo…

Obreros petroleros, ferrocarrileros, electricistas, etcétera, en reclamo de reivindicaciones económicas y sociales para sus gremios fueron expuestos a la acción del Ejército a lo largo de la segunda mitad de la década de los cuarenta.

De aquellas inquebrantables luchas están los nombres de Valentín Campa y Demetrio Vallejo, sólo para citar a dos líderes que al tiempo pasaron a la condición de presos políticos.

En las luchas agraristas, por su dimensión dramática destacamos la memoria de Rubén Jaramillo, asesinado arteramente en los cincuenta, con su familia, por pelotones del Ejército.

No son de menor jerarquía las batallas de Jacinto López o Ramón Danzós Palomino, cuya resistencia obligó al gobierno de la República a disolver extensos latifundios en el noroeste, para entregar las tierras a miles campesinos con derechos a salvo.

El siguiente escenario es todavía más espeluznante y a la vez heroico y tiene aún reverberaciones en la juventud normalista, la de Ayotzinapa, Guerrero, por ejemplo.

Othón Salazar, Genaro Vázquez Rojas, Lucio Cabañas…

Hace siete décadas, como respuesta a las asesinas tiranías caciquiles guerrerenses se rebeló el profesor Othón Salazar, pero la acción combativa tuvo como figuras señeras las de Genaro Vázquez Rojas y Lucio Cabañas; los tres nombres convergen en la biografía del Movimiento Revolucionario del Magisterio.

Para los sesenta, la sede de los Poderes de la Unión se ve estremecida por la emergencia de movimientos profesionales; verbigracia, el de los médicos y de otros frentes de servidores del Estado, que salen a las calles y las plazas públicas a reclamar condiciones de trabajo dignas.

La juventud universitaria salta a la arena pública

Es aquella una década imposible de pasar por alto: En la primera mitad, surgen, ora espontáneas ora organizadas, las primeras movilizaciones estudiantiles desde los campus de las universidades públicas de los estados.

Los focos se ubican indistintamente en Puebla, Michoacán, Guerrero mismo, Sinaloa; prenden en Tabasco o Oaxaca. En Sonora, apenas unos meses antes del 68.

Hay que poner el acento en ese fenómeno: Al influjo de personajes como Jaramillo, Vázquez Rojas o Cabañas, la juventud se lanza a la lucha armada contra el Estado burgués y antidemocrático, inspirada en profusas y confusas fuentes ideológicas, desde el anarquismo prerrevolucionario mexicano, el leninismo, el trotskismo, el maoísmo, el castrismo, el guevarismo, etcétera.

Los fines de esos movimientos, pues, no se circunscriben a reivindicaciones estudiantiles: Pretenden cambiar el modelo de Estado y de gobierno.

La represión gubernamental se descargó furiosa en el mátalos en caliente, el secuestro, la tortura y las violaciones sexuales incluyendo a novias, esposas e hijos aún lactantes; contra familiares, amigos, compañeros de estudio o de trabajo.

Y, sin embargo, la lucha sigue…

En reciente repaso de expedientes sobre esa época, nos resulta incuantificable el número de ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas, exilios, rendiciones: Cuerpos y almas mutilados sin que la justicia haya actuado en consecuencia. Hablamos de miles de mexicanos. No alcanza memorial de ocasión para sumar tantos nombres.

Todo fue antes del 68. Si le ponemos lapso: No menos de dos décadas. En todo caso, lo que importa es reconocer que toda lucha por la libertad y la democracia enlaza a generaciones enteras.

Los parteaguas se marcan arbitrariamente. La Historia encadena los ciclos de construcción de una Nación. Por eso, en las hondonadas, los montes y las selvas; en el ejido y la comunidad, en la fábrica y el aula, en el pavimento y la parcela: ¡La lucha sigue! Es cuanto.

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