Voces del Periodista Diario
Abraham García Opinión

El aquelarre de los bastardos sin gloria

La Piedra en el Zapato

Por Abraham García Ibarra

Américo Vespucio, de origen florentino, fue un explorador y cosmógrafo que, al servicio de la Corona Española, incursionó en el Nuevo Continente descubierto azarosamente por Cristóbal Colón en 1492. En su honor, el cartógrafo Martin Wolssemüller le dio el nombre, América, al fascinante territorio, tan apetecido, conquistado, colonizado, expoliado y humillado por los europeos.

¿A título de qué, los testaferros del grupo dominante gringo terminan sus choros con la rogativa, Dios bendiga a América? Porque el rapaz instinto anglosajón quiere hacer creer que El celeste dictó un decreto por el que los Estados Unidos deben ser reconocidos como el ombligo del mundo.

José Martí: Conozco al monstruo, he vivido en sus entrañas

Al referirse a la Nación vecina, el prócer cubano José Martí aventuró un diagnóstico: Conozco al monstruo, he vivido en sus entrañas.

Con cierta flema poética, el nicaragüense Rubén Darío describió a los habitantes de la Unión Americana como estupendos gorilas colorados.

Menos poético, más adelante Curzio Malaparte se enfrentaba a una duda existencial, ¿Por qué, si a los norteamericanos se les ve tan lindos, pulcros, afables, etcétera, todo lo que tocan, lo corrompen?

En su naturaleza, los del Destino manifiesto llevan hasta nuestros días el absurdo y demencial afán de ser los únicos interlocutores de Dios, no obstante que, con frecuencia, el papa Francisco aclara a su feligresía que Dios no navega en la Internet.

De cómo los estadunidenses le tomaron sabor al genocidio

El tema no es contemporáneo: Cuando los gringos le tomaron sabor al genocidio contra los pueblos originarios de América, ya invocaban el nombre del supremo arquitecto del universo para tratar de justificar sus crímenes.

Los estadígrafos estadunidenses hacen maliciosos malabares para tratar de atenuar el exterminio de indígenas para despojarlos de sus territorios por colonizar. Historiadores de casa, sin embargo, procuran poner en sus términos los censos de población de los siglos XVI-XVII para comprobar que la estrategia de tierra arrasada fue un deporte practicado por los colonos con anglosajona alegría para “alzarse con el santo y la limosna”; siempre, en El nombre de Dios.

Por algo algunos investigadores norteamericanos ubican todavía en territorios de la Unión Americana El sendero de lágrimas, aquél por el que huyeron despavoridas las poblaciones vernáculas de sus victimarios extranjeros.

La viruela, ¿primer ensayo de la guerra bacteriológica?

Es posible que, de aquellos años, vengan los primeros experimentos de guerra bacteriológica, método menos costoso que la pólvora y los arcabuces.

En las primeras décadas de los años mil seiscientos, los solares nativos fueron despoblados por pandemias provocadas por la viruela, importada de Europa.

Hacia 1633, el gobernador de Nueva Inglaterra, William Bradford, a propósito de ese fenómeno sanitario, escribió un conmovedor testimonio: Dios ha querido visitar a estos indios con esta gran enfermedad -la viruela-, para hacerlos entrar en razón.

En las guerras de la supremacía blanca contra los nativos, las bajas eran a razón de 1 por 3 en contra de los segundos. Con la viruela, murieron de 8 a 9 de cada diez aborígenes sin dispararse un solo tiro.

Dos Rosemburguesas al carbón, sin mostaza

De las más recientes décadas, el recuento habla de unos 30 millones los exterminados por tropas estadunidenses directamente o por sicarios de Estados súbditos que han jalado el gatillo. Los detractores del imperio codifican esas masacres como genocidio

Nos viene a mente un vergonzoso capítulo durante la guerra de Corea a mitad del siglo pasado y la desatadura de los mastines del macartismo: El matrimonio de origen judío, Julius y Ethel Rosemberg fue condenado a la silla eléctrica, acusado de espionaje.

A la hora de su ejecución, contra la protesta de pacíficos ciudadanos denunciando la condena, piquetes de jóvenes blancos tomaron las calles al grito: ¡Dos Rosemburguesas al carbón; sin mostaza. Marchando! Qué tal. 

El Calígula anaranjado pone a caballo su reelección

Todo viene a relato porque anoche, en El Capitolio, El Calígula anaranjado de la Casa Blanca convocó a su claque para arrancar formalmente la campaña para su reelección. ¡Cuatro años! ¡Cuatro años! coreaban a una sola voz las porras frente a un exultante orador que se olvidó del discurso sobre el estado de la Nación, para embarrarse de merengue en vivo, en directo y a todo color.

Por supuesto, estaba latente el himno: God Bless America; Dios bendiga a América. El arrogante mechudo proclamaba el retorno de América, en puntual recalentamiento del monroísmo. Es cuanto.

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