Voces del Periodista Diario

La diferencia entre estadounidense y gringo

Ojo Público
Por Norberto Hernández Montiel

¿Cuál es la diferencia entre el gentilicio estadounidense y la calificación peyorativa “gringo”? La palabra gringo, que tanto ofende a los estadounidenses cuando la escuchan, tuvo su origen en la guerra intervencionista desatada entre 1846 y 1848, en la cual el país del norte despojó a nuestra nación de más de la mitad de su territorio.

El vocablo era más largo y consistía en la pronunciación de tres voces provenientes del inglés: “green go home”, es decir, “verde (por el color de los uniformes militares estadounidenses) vete a casa”. Así le gritaban los defensores de nuestro suelo a los invasores, al momento de disparar durante el conflicto bélico.
Tal expresión afrenta a los vecinos del norte porque es como echarlos de aquí, pero además les recuerda su pasado territorialmente expansionista, cuya mayor expresión fue el presidente James Knox Polk, quien, como recordamos, anexó a Estados Unidos más de la mitad del territorio mexicano.

Claro que distinguimos entre el pueblo estadounidense y el típico gringo, cuya más cruda expresión actual es el senador republicano por el estado de Florida, John Neely Kennedy, quien en su afán por atraerse la simpatía de los gringos típicos de su país, se expresó en forma por demás ofensiva hacia nuestra nación y se ganó a pulso la declaratoria de “persona non grata” para México.

La visión gringa tiene mucho que ver con el colonialismo y el racismo, e implica un perverso afán intervencionista, persistente sobre todo entre los políticos. Según Neely Kennedy, “sin el pueblo de Estados Unidos, México, hablando figurativamente, estaría comiendo comida para gatos de una lata y viviendo en una carpa en un traspatio.”

Esta ofensa, ya grave en sí, la perpetró el republicano durante la comparecencia de Anne Milgram, directora de la Administración Antidrogas estadounidense (Drug Enforcement Administration, o DEA) ante el Senado estadounidense, pero el contexto fue peor todavía, ya que el senador republicano pretende, en su visión supremacista, que sus fuerzas armadas entren a nuestro territorio a “combatir” a la delincuencia organizada, como quien hace la limpieza en su patio trasero. El pretexto de las amenazas de injerencia es lo de menos.

La mentalidad intervencionista y colonialista de los gobernantes gringos porfía. Ahora, a propósito de la creciente adicción de un gran número de jóvenes del país vecino al fentanilo, se está tratando de presionar al gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador para revivir la Iniciativa Mérida, de tan infausta memoria en nuestro pasado reciente.

Para recordar la forma en que muchos gringos ven a México, podemos remontarnos a la presidencia itinerante de Benito Juárez, con la amenaza de Francia, España e Inglaterra hacia nuestra República, que tenía unas cuantas décadas de Independencia.

En tan delicado contexto, el gobierno de Estados Unidos trató de apropiarse, a perpetuidad, del Itsmo de Tehuantepec, a través del tratado McLane-Ocampo, firmado entre Robert McLane, representante del presidente James Buchanan y Melchor Ocampo, ministro de Relaciones Exteriores mexicano. Para nuestra fortuna, el Senado estadounidense nunca ratificó esa barbaridad, porque nuestra historia sería muy distinta.
El presidente Andrés Manuel López Obrador ha declarado, con tanta insistencia como es necesario, que él no es Felipe Calderón Hinojosa, quien durante su funesta gestión dio entrada al intervencionismo gringo, mediante la instauración de una réplica del Plan Colombia, que puso en marcha el gobierno de Estados Unidos, durante las gestiones de Andrés Pastrana, en el país andino, y Bill Clinton, en Estados Unidos.

Como decíamos líneas arriba, en México ese remedo se llamó Iniciativa Mérida, y tanto en Colombia como en nuestro territorio los resultados fueron centenas de miles de asesinatos. Tal vez para el senador Kennedy no fueron suficientes “daños colaterales” –como los llamó Calderón Hinojosa– y ahora desea que se repita tan desastrosa política.

Respecto a la comparecencia de la directora de la DEA, es curioso que manifieste su gran preocupación por el consumo de fentanilo en Estados Unidos, debido a la mortandad que está causando entre los adictos, y voltea a ver hacia México cuando se habla del tráfico de esta sustancia, pero resulta que 86 por ciento de los detenidos por el trasiego de esta droga son estadounidenses. Es decir que trata de justificar sus deficiencias echándole a nuestra nación la culpa de su pésimo trabajo.

Necesitamos recordar que, si bien hay estadounidenses con quienes tenemos una auténtica relación de buenos vecinos, también hay gringos, del tipo del senador republicano que se apellida Kennedy, pero está muy lejos de la mesura e inteligencia del presidente John F. Kennedy, asesinado el 22 de noviembre 1963 en Texas.

Es curioso que el senador republicano represente a un estado que nunca llegó a ser mexicano, pero perteneció a este territorio durante los últimos años de nuestro pasado colonial. La corona española vendió Florida a Estados Unidos en 1819, cuando nuestros antepasados libraban la guerra de Independencia. El precio fue de cinco millones de dólares.

Como vemos, la mentalidad gringa es muy añeja, pero el nacionalismo mexicano también. Como país hemos sufrido muchos despojos a manos de los gringos, no obstante, estamos en un buen momento para recuperar nuestra dignidad, por muy fuerte que sea el vecino del norte.

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